El hombre que volvió a su infancia y creó memoria en la de otros niños
Emilio Fernández creció en la Granja de los Pibes y hoy es quien la sostiene con trabajo, ternura y convicción. Transita su labor como un modo de devolver lo que la vida le dio: la oportunidad de cuidar, acompañar y seguir creyendo en los chicos y en la naturaleza.
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Por Maia Josefina Cuevas (*)
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailEmilio Fernández es el encargado de Granja de Los Pibes, un lugar que para él es muy significativo. En esta entrevista contó cómo es su vida dentro de la Granja, sitio en el cual se crío.
Emilio Fernández creció en la Granja de los Pibes. Sus padres se encargaban de la organización. Sus raíces tuvieron momentos felices, “una infancia de barrio”, dice, vivido con una pelota bajo el brazo, las sierras de fondo, la familia y la curiosidad intacta. Todo lo que vio y le llamó la atención en su infancia, hoy lo puede seguir explorando por su trabajo en conexión con la naturaleza.
Lo más lindo de su labor son los chicos, porque tienen la capacidad de empujarlo a volver a ser niño, de llevarlo otra vez a la inocencia. A menudo lo invitan a jugar, “a patear un rato”, a reírse, a compartir momentos simples que rompen la rutina. Y eso no se encuentra en cualquier lugar. Dice que, en un mundo donde casi todo se reduce a ir de casa al trabajo, poder disfrutar lo que hace es un privilegio: se siente afortunado por vivir de lo que realmente le apasiona.
Lo cotidiano
Su día empieza temprano. Llega entre las siete y las ocho, con esa mezcla de sueño y ganas que traen los días lindos. Lo primero son los animales: darles de comer, limpiar, asegurarse de que todo esté bien. Los conoce uno por uno, sabe quién está inquieto o quién comió menos.
Después, el día sigue su curso. A veces trabaja en proyectos, como el nuevo reptilario; otras, recibe a los chicos que llegan de visita. Los guía con entusiasmo, les cuenta, les muestra. Y en cada gesto, se nota que no está ahí solo por trabajo, sino por el cariño que siente por lo que hace y por los seres con los que comparte cada jornada.
Emilio y sus compañeros se ocupan de los animales heridos o en cuarentena. No hay horarios cuando se trata de ellos: si uno necesita atención, se quedan hasta tarde, acompañándose y asegurándose de que estén bien. Son noches largas, donde el cansancio se mezcla con la satisfacción de hacer algo que vale la pena.
Cada llamado al centro de rescate trae una nueva historia. Puede ser un ave golpeada o un animal silvestre perdido. Cuando suena el teléfono, Emilio simplemente va. Retira al animal, lo evalúa y decide si puede volver a su hábitat o necesita quedarse. Son momentos de viaje y de espera, pero también de conexión con lo que más lo mueve: cuidar.
Infancia acompañada
La Granja Los Pibes es mucho más que un lugar con animales: es un refugio de infancias. Setenta chicos de barrios periurbanos pasan sus días allí, almuerzan, juegan y aprenden. En los noventa, fue un hogar de niños; hoy funciona como centro de día, pero el propósito sigue siendo el mismo: acompañar.
Durante el año hay teatro, inglés y educación física, y en verano se suman las actividades del CEF con pileta y natación. “Lo importante es que no se queden solos”, dice Emilio, con la convicción de quien vive lo que cuenta.
El corazón de la Granja late con sonido de cuidado, esfuerzo y segundas oportunidades. Muchos de los jóvenes que hoy trabajan allí, fueron parte del centro de día: “Son pibes que vivieron acá y hoy llevan el proyecto al hombro”, dice Emilio, y agrega con esperanza: “Ojalá que algún día, la Granja no tenga que existir; eso querrá decir que todo está bien”.
Mantener el lugar no es fácil. La mejora cuesta, pero también refleja el esfuerzo compartido. Cada aula y recinto fueron levantados con sus propias manos y con la ayuda de una comunidad que siempre está presente. En su voz se nota que, más allá del cansancio, lo mueve algo más profundo: el orgullo de haber construido todo, juntos.
“Siempre hablamos de segundas oportunidades”, repite Emilio con amor en su voz. Sabe que, muchas veces, los esfuerzos parecen pequeños frente a la magnitud de los problemas ambientales: “Sabemos que si destruimos el ambiente, no vale de mucho rescatar un animal. Pero mientras esté acá, le damos la mejor vida posible”.
Cuando habla de contener, no duda: “Para mí, es dar oportunidades. En su momento, dentro de la granja, no pudimos realizar festejos grandes o individuales por falta de recursos, pero ahora acá cada cumpleaños tiene su torta y su regalo nuevo. Navidad, Reyes, todo se festeja. Son pequeñas pavadas, pero logros grandes”. Emilio desea que los chicos se formen principalmente cómo buenas personas, con valores y que, el día de mañana, logren tener una buena vida y un trabajo.
Con los animales le pasa algo parecido. Estamos tan acostumbrados a verlos que, a veces, olvidamos mirarlos con la ternura de los chicos, con esa mirada limpia que rescata lo esencial. Ellos le recuerdan por qué hace lo que hace y lo empujan a seguir.
Deseos
En cada rescate, en cada salida, vuelve a encontrarse con la naturaleza. Esas experiencias lo conectan con los paisajes que lo rodean, con las sierras y los rincones que quizás no conocería de otro modo. Ahí, entre la infancia, el aire y los animales silvestres, encuentra un equilibrio que, pocas veces, se logra dentro de un entorno laboral.
Por último, Emilio desea que, en un futuro, Granja Los Pibes no sea una granja, sino un lugar de hospedaje, que puedan manejar los propios chicos. No desea que en el mundo sigan pasando cosas terribles como para que se mantenga la existencia de un lugar de contención. Mientras tanto, la Granja se mantendrá formando gente trabajadora, buenas personas, las cuales dejen todo por un objetivo en común: mejorar la calidad de vida de los chicos y los animales.
(*) Esta entrevista fue realizada en el marco de la Práctica Profesional 1 de la Tecnicatura en Comunicación Social del ISFDyT de Tandil, bajo la tutela de la profesora Carolina Cordi.
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