En tiempos violentos, la poesía sigue viva
En esta entrevista, la poeta Natalia Figueira repasa sus comienzos, su manera de enseñar y escribir y la fuerza colectiva que este género despierta en la ciudad.
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Por Catalina Soria (*)
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailEn la mesa del comedor hay mates, galletitas y sonrisas. Natalia Figueira habla con calma pero sin pausas y la poesía aparece como un hilo que une todo lo que hace.
Nació en Lanús, pero vive en Tandil desde 2011. Se recibió como profesora de Educación Secundaria en Lengua y Literatura en el Instituto Superior de Formación Docente y Técnica en el 2016 y luego de licenciada en Enseñanza de la Lengua y la Literatura. Actualmente se especializa en Literatura Infantil y Juvenil.
Ganó una mención del Fondo Nacional de las Artes que cambió su vida: publicó Flora y Fauna (2019) y Malas hierbas (2025), ambas por la editorial Salta el Pez.
-¿Por qué la poesía y no otro género?
-La poesía tiene algo que no tienen otros géneros, algo que pasa no solo por la escritura y la lectura de ese género, sino por llevar una vida poética. Creo que eso es un plus que permite la poesía: esto de vivir poéticamente, que es lo que más me convoca.
-¿Cómo es vivir poéticamente?
-Tiene que ver con cierta sensibilidad y percepción sobre lo que nos pasa, lo cotidiano, el mundo, las historias, la vida. Eso es lo que más me atrae. Siento que la poesía me da sentido de pertenencia y comunidad, para entender la vida de esa forma, con sensibilidad, y que proyecto a todos los ámbitos de mi vida, como a la docencia, por ejemplo, o en los vínculos.
-¿Qué lecturas poéticas marcaron tu vida?
-Indudablemente Pizarnik es un antecedente para mí, una gran marca. Y creo que para todos los que fuimos adolescentes; nos dejó una huella muy honda porque hablaba un lenguaje muy parecido a la intensidad que sentíamos.
Otro poeta que leí en la adolescencia y creo que todavía sigue vigente en mí, es Oliverio Girondo. Un poeta de las vanguardias que escribe completamente en forma disparatada, con juegos en el lenguaje, con palabras inventadas. Eso me fascinó. Me hizo dar cuenta de que se puede escribir sobre cualquier cosa y de cualquier forma. Fue muy revelador: no hace falta escribir poemas de amor únicamente.
Y después vinieron otros poetas, fui delineando y buscando mi camino poético y creo que debo nombrar a Diana Bellessi, que además, en su oficio de traductora, también nos marca una genealogía de poetas, esas norteamericanas que ella traduce mostrando: ‘Esta es mi comunidad de poetas, estas son las poetas que me abrazan y que leo’.
-¿Qué es una genealogía de poetas?
-Todas las que escribimos y leemos, tenemos nuestra constelación de poetas con las cuales nos sentimos identificadas, a la vez que sentimos que nos dicen algo nuevo. Para mí son Diana Bellessi, Alicia Genovese, Alejandra Pizarnik, Alfonsina Storni. Después, las poetas norteamericanas que leí gracias a Diana Bellessi: Denise Levertov, May Sarton, Mary Oliver, Ursula K. Le Guin. Ellas son los faros a los que voy cuando necesito alguna respuesta sobre la poesía. O alguna pregunta.
Y también tengo a mis maestras más actuales, Roberta Iannamico y Valeria Pariso, por ejemplo.
El jardín, el bosque y las nuevas raíces
Natalia escribió dos poemarios. El primero, Flora y Fauna (2019), nació como un juego y obtuvo una mención del Fondo Nacional de las Artes: “Fue como una cachetada; ‘reaccioná, tenés que comprometerte y responsabilizarte de lo que a vos te gusta, de tu sueño, de tu deseo’”, recuerda.
A partir de ese impulso, empezó a escribir con mayor frecuencia, leer más y trabajar sus textos junto a maestras como Valeria Pariso y Roberta Iannamico.
De ese proceso, nació Malas hierbas (2025), que presentó en el Salón de los Espejos de la Feria del Libro de Tandil. Si Flora y Fauna era un jardín íntimo, cuidado y personal, Malas Hierbas se abre como un bosque: la naturaleza ya no es observada, sino que habla. La voz poética deja de ser un “yo” para convertirse en un “nosotras”, una voz colectiva que se expande y encuentra en lo natural un territorio común.
-¿Me contás sobre lo que estás escribiendo ahora?
-Es un poemario que tiene que ver con mi mamá, los duelos y ser hija. Escribirlo me está costando mucho, porque siento que me falta hablar de otras cosas, quizás de mi maternidad. Es muy difícil trabajar con la historia personal en el poema. Eso es algo con lo que me estoy enfrentando. Al trabajar con tu propia historia como materia prima, es más difícil objetivar, moldear y trabajar las palabras.
Poesía y educación
Para Natalia, la poesía le hace frente a los discursos del mundo actual, que exige rapidez, respuestas inmediatas y poco esfuerzo. La poesía, dice, viene a recordar que lo lento y lo incierto también pueden ser formas de atravesar la vida. En tiempos donde se repite que los jóvenes no leen ni escriben, ella cree que la poesía es una gran propuesta para despertar el pensamiento crítico.
-¿Cómo es la enseñanza de poesía en las aulas?
-Siento que depende mucho de si el docente o los mediadores atraviesan la poesía también. Cuando no tienen experiencia con la poesía, muy pobre, es muy superficial. En cambio, cuando ese docente ya tiene un deseo con el lenguaje poético, siento que se abren un montón de cosas, se generan encuentros.
Y además, a los adolescentes les encanta escribir poesía, leer poesía. Yo lo compruebo año tras año: quieren escribir poesía, te muestran en el recreo poemas o canciones que escribieron que son muy hermosos.
En las aulas sigue viva la poesía por los jóvenes y aquellos docentes que son entusiastas y comparten la vida poética. Es necesario crear instancias donde la poesía sea tomada en cuenta.
La comunidad poética
La escena poética tandilense vive un momento de expansión. Lecturas, talleres y espacios de encuentro consolidan una comunidad que se nutre del intercambio y la palabra compartida. Natalia lo percibe con entusiasmo, pero también con compromiso: “Hay que cuidar esta comunidad que se reúne en el fuego poético en Tandil”.
Cada vez más personas se suman a sus talleres, con ganas de leer poesía. Muchas llegan por primera vez a ese universo y terminan entusiasmadas escribiendo y compartiendo lo que hacen. Le resulta esperanzador ver que, aun en un contexto político y social atravesado por la violencia y la falta de empatía, la poesía sigue viva.
-¿Cómo son los talleres? ¿Qué buscás que suceda en ellos?
-Busco compartir la lectura de poesía en grupo y que cada vez más gente pueda escribir. Pero lo que viene sucediendo, me sorprende. Además de leer poesía, de conocer poetas contemporáneas que nunca leíste o leer en grupo, que es una práctica súper potente, hay personas que se conmueven, muchas sonríen cuando leen un poema que les gustó. ‘Eso siento que me habló a mí’, dicen. Y es muy mágico.
Es algo que yo no me esperaba y está sucediendo. Hay que cuidar esta sensibilidad que se está gestando y hay que seguir dándole espacio, porque evidentemente es algo que muchas personas necesitamos, compartimos y queremos seguir teniendo.
(*) Esta entrevista fue realizada en el marco de la materia Práctica Profesional 1 de la Tecnicatura en Comunicación Social del ISFDyT 10 de Tandil, bajo la tutela de la profesora Carolina Cordi.
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