Entre aulas, viajes, arte y recuerdos: Rosa Forgue cumple 100 años mirando la vida con curiosidad
Alumna, docente y regente de la Escuela Normal de Tandil, dedicó gran parte de su vida a la educación, pero también encontró en los viajes, el tango y la pintura otras formas de descubrir el mundo. A un siglo de su nacimiento, conserva intacta la curiosidad y una memoria llena de historias.
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Este domingo 6 de septiembre, Rosa Forgue cumple 100 años. Pero cuando se le preguntó por semejante cifra, ella respondió con naturalidad: “Yo no me doy cuenta. Para mí tengo 50”. Quizás esa sea una de las claves de su historia. Hay personas para las que el paso del tiempo no se mide en años, sino en recuerdos, lugares, estudiantes, amistades y todo aquello que todavía despierta una emoción. Su vida transcurrió entre aulas, pero también estuvo marcada por el arte, los viajes, el tango, la pintura, los libros y una curiosidad que parece no haber envejecido.
Su historia con la Escuela Normal de Tandil comenzó cuando tenía apenas siete años. Por entonces, la institución funcionaba en la calle Maipú. Allí cursó la primaria y continuó sus estudios secundarios hasta que llegó uno de los recuerdos que todavía conserva con particular nitidez: el traslado al edificio que sería, durante décadas, su casa.
“Vinimos todos caminando”, recordó en diálogo con El Eco de Tandil. Todavía puede evocar aquella llegada: el edificio nuevo, los espacios, los aromas, la sensación de estar frente a algo extraordinario. “Era un lujo cómo estaba eso, esos olorcitos, era todo tan hermoso”, contó. Aquel lugar terminó siendo mucho más que una escuela, convirtiéndose en el escenario de prácticamente toda su vida laboral.
Se recibió en 1946 y, poco después, comenzó a trabajar allí como ayudante de tesorería. Más adelante, cuando se reorganizó el Departamento de Aplicación, sumó a sus tareas administrativas el trabajo frente al aula. Primero se desempeñó de manera provisoria y luego como titular, después de rendir los exámenes correspondientes. Pasó por cuarto y quinto grado, pero fue sexto el que terminó convirtiéndose en su lugar casi permanente.
Durante años combinó la docencia con las tareas de tesorería hasta que, con el tiempo, llegó también a ocupar la regencia. Incluso para acceder a ese cargo tuvo que rendir examen, por lo que viajó a Bahía Blanca para hacerlo y continuó así una trayectoria que, desde sus primeros años como alumna hasta su jubilación en 1990, quedó profundamente ligada a la institución.
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Cuando se le preguntó por sus alumnos, respondió con la misma humildad que atravesó buena parte de su relato: “Yo trataba de ser lo mejor posible”. Enseguida añadió que, en realidad, deberían ser ellos quienes contaran cómo era como maestra.
Sin embargo, quienes la conocieron tienen su propia respuesta. María Josefina Rifé, que la acompañó durante la entrevista, habló de una docente muy querida, cariñosa y, sobre todo, de una manera de enseñar que “superaba la época”.
Una vida que se abrió al mundo
Cuando dejó la escuela, la vida le planteó uno de sus momentos más difíciles. Se jubiló en julio de 1990 y, apenas unos meses después, el 17, falleció su marido. “Me quedé desvalida”, recordó. Sola en su casa y lejos de aquella rutina que durante tantos años había estructurado sus días, atravesó un período de profunda tristeza.
Hasta que aparecieron los viajes. A través de una amiga comenzó a participar de salidas grupales. Al principio le costó pero, poco a poco, aquellos viajes se transformaron en una forma de volver a ponerse en movimiento, de descubrir otros lugares y de recuperar algo de sí misma.
Llegaron Egipto, Turquía, Grecia y sus islas. También Tailandia, donde guarda uno de sus recuerdos favoritos: la isla de Phuket, el agua transparente y tibia y los peces de colores nadando alrededor de los visitantes. Además visitó Mendoza, las Cataratas, Córdoba y múltiples excursiones que hacía con un grupo de amigas cuando todavía era joven y no se había casado.
Tango, pintura, libros y canciones
Si bien la docencia fue una parte enorme de su vida, nunca fue la única. Rosa Forgue reveló que le gusta cantar y participó en distintos coros, hasta que los ensayos nocturnos durante el invierno hicieron difícil continuar. También disfruta del teatro, el cine, leer novelas, mirar televisión y pintar.
De hecho, la pintura fue otra de las actividades que encontró después de atravesar aquel momento de soledad tras la muerte de su marido. Una amiga le habló de un taller y así llegó al espacio de Christian Vogrich, a quien recuerda con enorme cariño, donde pintó durante varios años y realizó numerosas obras.
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Si hay algo que la entusiasma especialmente, es el tango. “Soy muy tanguera”, dijo, casi como una declaración de principios. Durante años pudo disfrutarlo a través del baile. Hoy, según confesó, vive también de esos recuerdos.
Un siglo en la memoria
Llegar a los 100 años significa haber atravesado acontecimientos que para varias generaciones forman parte de los libros de historia. Ella, en cambio, los guarda en su propia memoria.
Recordó, por ejemplo, la Revolución de 1930. Tenía apenas cuatro años y aquel día coincidió con su cumpleaños. “Había mucha gente, mucho movimiento. Y yo contenta porque todos ellos venían para mi cumpleaños”, narró entre risas. Desde entonces pasó un siglo entero. Cambió la ciudad, la escuela, la manera de enseñar y el mundo, pero ella estuvo allí para verlo.
Actualmente, reconoce que las limitaciones físicas le impiden hacer muchas de las cosas que todavía quisiera hacer, ya que no puede caminar sola y eso la obliga a permanecer más tiempo en casa. Extraña poder salir al teatro, asistir a algún espectáculo o simplemente tener alguien que la acompañe de noche, pero sigue leyendo y mirando televisión. También usa el celular, manda mensajes, habla por teléfono y hasta tiene presencia en Facebook.
Después de haber visto pasar un siglo entero, de haber enseñado a generaciones de chicos, de haber recorrido distintos rincones del mundo, de haber bailado, cantado, pintado y construido amistades que todavía perduran, piensa en su país: “Quisiera que antes de morirme pueda ver a mi Argentina muchísimo mejor”, manifestó.
Rosa Forgue es una mujer que pasó buena parte de su vida enseñando, que todavía conserva en la memoria los pasillos y los aromas de aquella Escuela Normal que la vio crecer, estudiar y trabajar, pero que ahora llega a un siglo de vida rodeada de recuerdos.
Cien años después, aquella niña que caminaba hacia la escuela junto a sus compañeros sigue ahí, solo que ahora tiene un siglo de historias para contar.
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