Hilda “Coca” Valor, una vida ligada a la escuela pública de Tandil
A los 92 años, “Coca” repasó sus 32 años como docente en escuelas públicas de Tandil, desde sus comienzos como maestra rural hasta los distintos cargos directivos que ocupó. También habló de los cambios en la enseñanza, del vínculo con sus exalumnos y de los recuerdos que la llevaron a escribir sobre aquella experiencia.
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Este 11 de septiembre, en el Día del Maestro, la historia de Hilda Esther Valor Guffanti, "Coca" para generaciones de tandilenses, resume buena parte de la vocación docente que atravesó a la escuela pública durante décadas.
A los 92 años, repasó una trayectoria que comenzó en 1957 en una escuela rural y que la llevó a desempeñarse como maestra, directora, secretaria y vicedirectora en distintos establecimientos de la ciudad, siempre con la convicción de que el vínculo con los alumnos es el corazón de la enseñanza.
Tandilense, la exdocente es madre de un hombre y una mujer, tiene cinco nietos y dos bisnietos. Se recibió en 1951 en la Escuela Normal, cuando el magisterio se cursaba dentro del nivel medio.
Seis años después comenzó a trabajar como suplente en la Escuela Rural 50, ubicada tras la Ruta 226. Al año siguiente, con 24 años, fue titularizada y permaneció cuatro años en esa institución.
La escuela estaba atravesada por la dinámica de la vida rural. "Yo me bajaba en la estancia Alcira, que en ese momento era de los Arana, y de ahí eran siete kilómetros hasta llegar a la escuela", recordó en diálogo con El Eco de Tandil.
Los horarios también se adaptaban a las familias de la zona: "Mucha gente iba al tambo, entonces los chicos tenían que venir un poquito más tarde".
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Luego pasó por las escuelas primarias 41, 59, 34, 53 y 37. Fue maestra de grado, secretaria, vicedirectora y directora. Pero más allá de los cargos, lo que más destacó fue la relación con sus alumnos. Un vínculo que –sostuvo- no termina cuando dejan la escuela.
"En toda tu carrera recibís la palabra de los que fueron tus alumnos o de sus padres", afirmó.
Y contó que, hace poco, un hombre tocó el timbre de su casa y preguntó por "la señora Coca".
“Cuando me dicen señora Coca, yo ya sé que viene por el lado de la docencia. Él me dice: ‘Yo fui alumno suyo, soy de apellido Cela’ ‘¡Juan Carlos!’, le digo. Él no podía creer que lo recordara”, relató Coca con una sonrisa.
"Yo había sido su maestra en la Escuela 41 en el año ’62; él ya tenía más de 70 años”, dijo.
Y recordó también a Alicia Moreno, exalumna de la Escuela 7, quien le contó que se convirtió en profesora de Lengua inspirada en el recuerdo de sus clases, y a Marta Confalonieri, alumna de la Escuela 41, que también eligió esa profesión.
"La hija de uno de los chicos que fue alumno mío en la 41 –para mí siguen siendo chicos- estudió Magisterio. Se llama Mariela Goyeneche. Cuando cumplí los 90 años, ella se encargó de hacerme un reconocimiento", relató en referencia al festejo sorpresa que le organizaron varios de sus exalumnos y familiares, con un álbum de fotos incluido, para celebrar sus nueve décadas de vida.
El recorrido por las instituciones
Después de su paso por la Escuela 50, “Coca” Valor se trasladó a la Escuela 41, en el paraje El Gallo, y posteriormente a la 59, en Sans Souci.
Fue entonces cuando el inspector Raúl Llanos le propuso participar de la creación del Centro de Investigación Educativa (CIE), junto a otras tres mujeres, iniciativa que comenzó en 1959.
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La experiencia le permitió asesorar a otros maestros, pero no tardó en descubrir que su lugar seguía estando en el aula. "Yo no era para estar en una oficina. Me sentía bien al ayudar a los maestros, pero extrañaba dar clases", contó.
Pidió entonces el traslado a la Escuela 7, ubicada a pocos metros de su casa. Allí fue maestra de quinto, sexto y séptimo durante siete años.
Entre los recuerdos de esa etapa conserva una particular ayuda de la portera, que era la madre del artista Facundo Cabral: "Ella tocaba la campana a las menos cuarto, un ratito antes de lo debido, para que yo desde mi casa supiera que era la hora de ir a la escuela", recordó divertida.
Algunos problemas en sus cuerdas vocales la llevaron años después a buscar otra función dentro de la carrera docente. Por recomendación de una fonoaudióloga, pasó como secretaria a la Escuela 34. "Igual iba a seguir estando cerca de los chicos", dijo que pensó en ese momento.
En la Escuela 34 conoció la dinámica de una institución de mayores dimensiones y amplió su experiencia en gestión. En 1978 asumió como secretaria y al año siguiente recibió la propuesta de poner en marcha la Escuela 53, en el barrio Falucho.
Allí ofició de directora durante un año, una experiencia que –consideró- fue fundamental en su formación. "Estuve un año y gané gran experiencia: tenía a todo un personal a cargo, incluido un equipo de psicología que yo no sabía lo que era", rememoró.
El pasado 15 de agosto, el Instituto “Eduardo Olivera” reconoció precisamente aquella tarea desarrollada décadas atrás con una medalla y unas palabras escritas en agradecimiento a la docente que formó parte de los inicios de la institución.
Luego, Valor regresó a la Escuela 34 y continuó allí durante algunos años, hasta que terminó jubilándose en 1989, desde la Escuela 37.
Tras jubilarse continuó vinculada a la educación: despúes de un concurso obtuvo el cargo de bibliotecaria en el Instituto Superior 10, donde trabajó hasta 2003, y en el 166, hasta 2007.
Ese año, a los 74, decidió finalmente retirarse del ámbito educativo.
Tres libros y ganas de seguir aprendiendo
Después de retirarse de las escuelas, “Coca” Valor encontró en la Universidad Nacional del Centro otra forma de continuar aprendiendo. Se anotó en un curso de literatura del Programa para Adultos Mayores, dictado por Adriana Calvar, y tiempo después comenzó a publicar sus propios libros.
En 2012 apareció “Recorridos. Historias de familia”. En 2019, a los 85 años, publicó “Quién te ha visto y quién te ve”, un recorrido por sus ancestros. Y en 2024, a los 90, llegó “Aventuras de una maestra rural”, basado en buena parte en los recuerdos de sus primeros años como docente.
Según aseguró, la pandemia de Covid tuvo que ver con ese último libro, que fue ilustrado por su nieta Pilar.
Durante el aislamiento comenzó a revisar materiales que había conservado de las escuelas: discursos, documentos y recuerdos de distintas experiencias, entre ellas la llegada de la luz eléctrica a la Escuela 41 en 1967.
"La culpa de ese libro la tuvo la pandemia”, dijo con humor.
“Imaginate la actividad que tenía para hacer y estaba encerrada. Empecé a buscar material que tenía de las escuelas y encontré muchas cosas lindas", contó.
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La mirada sobre la escuela actual
Con más de tres décadas de experiencia frente a alumnos y distintos cargos dentro de las instituciones, “Coca” Valor también observó diferencias entre aquella escuela en la que comenzó y la actual.
Y si bien consideró que hoy existen “docentes excelentes”, cree igualmente que se ha debilitado una dimensión que para ella resulta fundamental.
"Me da la impresión de que se ha perdido un poco la parte humana, el darle más importancia a la socialización de esa criatura", sostuvo en relación al uso de dispositivos tecnológicos adentro del aula.
En ese sentido, reivindicó el lugar de la herramienta sin desplazar al maestro: “Eso es encontrar un camino, donde la tecnología sea una ayuda y no lo principal. Que lo principal siga siendo el docente”, remarcó.
Para terminar, consideró que enseñar requiere atender a las características particulares de cada grupo y evitar que los contenidos se conviertan en un esquema rígido.
"El docente le tiene que poner su impronta a la clase: Este año le tocaron unos alumnos, pero el año que viene le tocarán otros, totalmente distintos. ¿Tiene que enseñarles lo mismo? No, tiene que adaptarse a ese grupo en particular”, concluyó.
Periodista de El Eco de Tandil.