Seis años después del trasplante de médula que le salvó la vida, Carolina contó su conmovedora historia
Un año después pudo conocer a su donante, que hoy es su amiga y a quien le está eternamente agradecida porque el trasplante le permitió curarse de la grave enfermedad que padecía. Fue el primer caso de una persona argentina que le donó médula a una paciente de este país, por lo cual la historia se difundió a nivel a nivel nacional. “Mi cabeza es otra, tanto la mía como la de toda la familia, fue una gran lucha pero con una gran victoria. Realmente todo valió la pena”, resumió.
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“Si no hubiera tenido la médula, no sé si hoy estaría acá”, afirmó Carolina Juárez con profundo agradecimiento hacia esa persona que realizó la donación de forma anónima y completamente desinteresada. Un año después tuvo la satisfacción de conocerla y expresarle su gratitud personalmente. Carolina es el claro ejemplo de que donar médula salva vidas y por eso no se cansa de contar su conmovedora historia de lucha con un final feliz, ya que logró ganarle a la grave enfermedad que padecía.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailA Carolina le detectaron leucemia linfoblástica aguda en el verano de 2012. Tenía dolores musculares, le dolían las mandíbulas y se le adormecía parte de la boca. Los médicos no lograban determinar a qué se debía, hasta que un día se desmayó del dolor. Pocos días después le detectaron la enfermedad.
“El periodo mío fue muy corto, porque en el plazo de un año logré resolver la situación de la enfermedad. Después de quimioterapia y radioterapia entré en remisión en 6 meses, lo que significa que las células malas desaparecen de la médula y de tu sangre, entonces tenían que localizar de la forma más urgente posible al donante para poder someterme al trasplante”, explicó.
Como sus familiares no eran compatibles con su médula, entró en el listado del Incucai para buscar un donante no relacionado.
“Mientras entrás en remisión no podés enfermarte, tenés que estar aislada y cuando encuentran al donante te avisan que estás lista para el trasplante. Mis visitas en la mayor parte de los casos eran telefónicas porque preferían preservarme. Mi leucemia era la más grave que hay por eso me tuve que someter a un trasplante. En diciembre me avisaron que estaba el donante, hubo dos intentos con un donante de Alemania pero el chico se ponía muy nervioso y levantaba fiebre, y la segunda alternativa de donante era una joven de 23 años, oriunda de la localidad de Brandsen, llamada Virginia Ávila.
Finalmente, fue ella quien efectivizó la donación que le salvó la vida a Carolina. Pero hasta un año después no la pudo conocer porque por protocolo en Incucai las donaciones son anónimas y recién un año después tanto el donante como el receptor pueden conocerse, si ambos lo desean. Y así fue.
En ese caso, al tratarse de la primera donante argentina a una persona argentina, el caso de hizo público en todos los medios y el Incucai realizó un acto.
El trasplante
El trasplante se realizó en enero de 2013. La donación de médula consiste en la extracción mediante un catéter de la sangre del donante de donde se obtienen las células madre y por otro catéter se vuelve a ingresar nuevamente la sangre en el brazo de la persona.
“Es algo tan sencillo. Virginia explica la gratitud que le genera disfrutar de lo que hizo de forma desinteresada y anónima”, recalcó.
En cuanto a su proceso, Carolina cuenta que atravesó un tratamiento muy invasivo, con un riesgo muy alto de perder la vida de más del 50 por ciento. “Por eso es importante ingresar al módulo de trasplante lo más fuerte posible. Después de eso el cuidado tiene que ser muy estricto porque tu cuerpo lo primero que tiene que hacer es reconocer la médula del donante. No es fácil. Es día a día que vas mejorando”, expuso.
Y recordó que “yo tenía una enfermera exclusiva para mí las 24 horas en el Hospital Italiano, era la única que ingresaba con mi comida, con mis medicamentos. Mi familia podía entrar vestida de quirófano siempre que no tuvieran ni un estornudo, nada. Mi hijo pudo entrar tiempo después, en ese momento Nacho tenía 2 años, y no podía entrar, estuve mucho tiempo sin ver a mi hijo. Había veces que me ofrecían verlo detrás del vidrio y yo prefería no hacerlo porque me moría por abrazarlo”.
“Gracias a Dios no se acuerda porque era muy chiquito. En la cápsula yo me interne en enero y me dieron el alta el 26 de febrero, que era mi aniversario de casados. Estuve aproximadamente 2 meses, fue el primer día después de casi un año y medio que pude volver a comer una ensalada y una banana cruda y me lo dieron de regalo, porque yo no podía comer nada crudo ni picante, ni chacinados, entre un montón de cosas que no podía hacer”, rememoró.
Y señaló que “las únicas revistas que me podían traer eran las que estaban envueltas en nylon y las desinfectaban con alcohol, no me podían traer nada del exterior”.
Cuando le dieron el alta se quedó durante los meses de control en un departamento a dos cuadras del centro asistencial y tenía que ir a controles diarios. Las mejoras fueron paso a paso.
“No es fácil ni para la persona enferma ni para la familia que es el 80 por ciento porque ellos debieron adaptarse a todo lo que estábamos pasando. Mi marido al principio tuvo que ir conmigo y mi nene tuvo que quedarse acá. La prepaga me cubrió todo pero mucha gente me ayudó porque mi marido tuvo que dejar de trabajar un tiempo para estar conmigo”, afirmó.
Carolina trabaja hace 14 años en la concesionaria Toyota y está profundamente agradecida porque no sólo le conservaron el trabajo, sino que además la ayudaron muchísimo.
“Cuando me reincorporé laboralmente, empecé a trabajar 4 horas al principio sin atención al público, después con atención al público. Los dueños de la concesionaria se portaron de forma excelente conmigo, me súper ayudaron, no tengo más que palabras de agradecimiento hacia la empresa”, resaltó.
“Mi cabeza es otra”
Hoy en día, Carolina hace una vida completamente normal y una vez al año debe realizar un control en el Hospital Italiano.
“Hago mucho deporte, mi cabeza es otra, tanto la mía como la de toda la familia. Fue una gran lucha pero con una gran victoria. Realmente todo valió la pena”, expresó con emoción.
Y resaltó que “hay un millón de problemas cotidianamente pero no tienen la importancia para ponerse nervioso, alterarse. Ahora nos tomamos la vida de otra forma y somos muy unidos. Yo estoy súper agradecida y disfrutando todo el doble. Si la gente supiera todo lo que uno pasa y se cuidara y valorara un montón de cosas, la cabeza de todos cambiaría”.
“Veo gente alterada, preocupada por cosas que no valen la pena porque nuestro cuerpo emocionalmente sufre un montón. Yo lo pasé porque lo mío más allá de todo fue por un re contra pico de estrés que se me bajaron las defensas y por eso empecé a estar mal. Nuestro cuerpo habla, así que hay que prevenir. Yo me pude curar pero mucha gente no puede. Muchas veces no se encuentran los donantes”, sostuvo.
El encuentro
Su encuentro con Victoria un año después de la donación fue sumamente emotivo.
“El primer llamado fue tremendo. Le pregunté si era ella y no pude hablar más, me largué a llorar, y agarró el teléfono mi marido. Físicamente nos encontramos en Incucai en abril, ya había nacido su bebé porque ella fue mamá después de que dono médula, es importante eso para que la gente vea que no es nada invasivo. Virginia me donó en febrero de 2013, nos encontramos en abril de 2014 y Benja ya tenía 6 meses”, indicó.
Y contó que “tenemos una química especial, yo la llamo y charlamos como si nos conociéramos de toda la vida, somos amigas”.
“No me canso de difundir lo que me pasó para que la gente se dé cuenta de lo importante que es donar médula y que con algo tan simple se puede salvar una vida. Yo hago vida completamente normal, no tengo ninguna complicación y siempre le digo a Virginia, yo te debo todo. Si no hubiera tenido la médula, no sé si hoy estaría acá”, concluyó.
