Un legado familiar de sanación
El 3 de febrero de 1939 en Pehuajó, provincia de Buenos Aires, nació María Carmen Coria. A los pocos años de vida, su familia se instaló en Trenque Lauquen, en el campo con sus abuelos. En ese lugar, creció, estudió, fue a la escuela y tomó la primera comunión. Fue educada en los valores de amor, de unión, de paz y respeto. Sus abuelas tuvieron vidas longevas, fallecieron a los 107 y 110 años respectivamente.
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Por Eliana Larraburu (*)
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailMaría Carmen Coria tiene una gran conexión con la sanación y las prácticas curativas para tratar dolencias físicas, emocionales y espirituales. También guarda recuerdos de su infancia, costumbres, sueños, anécdotas y vivencias milagrosas.
Su infancia fue feliz. Había momentos en que, como todo niño, extrañaba a sus padres, pero sus abuelos eran tan amorosos que parecía que la habían tenido ellos. Un principio fundamental que aprendió es que el vecino era el pariente más cercano que tenían. Desde pequeña, soñaba con ser grande y doctora. Muchos de sus tíos y primos pertenecían al ámbito de la medicina y ella quería ser enfermera de la Cruz Roja. El uniforme almidonado, blanco, acampanado, la capa azul y el birrete con la cruz eran su pasión.
Su educación formal la realizó en escuelas privadas de pueblos chicos, que funcionaban en casas particulares, y requería rendir exámenes en condición de libre. A los 11 años, se convirtió en catequista, luego de tomar la primera comunión.
Tuvo experiencias con la sanación de mano de su abuela, que la acompañó y crió. La mujer era partera, atendió más de 300 nacimientos. También sanaba anginas con masajes en ayunas.
Su abuelo curaba animales de carrera y otros que no se podían ni levantar. Sufrió de asma durante 50 años, sin que la medicina tradicional pudiera encontrar la causa. Esto lo llevó a una constante búsqueda de sanadores alternativos: “Crecí siendo el mosquito de los abuelos, escuchando y conociendo estas prácticas”, explicó María Carmen.
En su familia, era común la práctica de curar el empacho y el ojeo o mal de ojo. Lo aprendió un Viernes Santo. Cuando tenía un año y medio, su familia la llevó a la iglesia de la Virgen de Pompeya, esperando un milagro: que se lanzara a caminar sola. Este evento de fe fue importante en su vida.
Iniciación
La dedicación formal y consciente a la sanación se originó a partir de una tragedia personal, la enfermedad de su hija, que falleció a los 17 años. Al buscar ayuda para su pequeña, visitó a un sanador en La Pampa: “Este hombre curaba solo con la palabra, y me dijo ‘esto no tiene vuelta’ y que yo misma podía darle una mejor vida a mi hija”. Él le aseguró que ella tenía una gran energía y videncia que no debía desaprovechar, sino aumentar. Esa fue la inspiración decisiva y la instrucción directa para iniciar su práctica formal.
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Unos meses después de rezar para que Dios la iluminara, recibió una caja anónima con un libro sobre medicina, salud y una oración. Este libro, que considera “bien católico”, le sirvió para encaminarse en su práctica. Aunque intentó averiguar quién lo había enviado, nunca lo logró, aunque cree que se lo mandó el hombre de La Pampa.
Experiencias
En junio de 1982, mientras se encontraban de viaje por un turno médico, coincidieron con la visita del papa Juan Pablo II a Capital. Estaban en la parroquia de San Cayetano, junto a los curas de allí que habían hecho un altar en la calle Rivadavia. El Papa se detuvo y junto a su marido, recibieron la bendición. La emoción de este evento fue tal que su marido lloraba, y María Carmen lo tomó para reafirmar la importancia de tener fe y considerar la oración como algo sagrado.
Día a día
Su práctica se ha adaptado a las circunstancias, como la pandemia. Trabaja principalmente a distancia, requiriere únicamente del nombre y apellido de la persona que desea curarse. Antes de la pandemia, las consultas eran presenciales, pero actualmente atiende desde la puerta de su casa. Hace pasar a la persona solo en casos específicos como culebrilla, que necesita de medición física. Usa la cinta para casos que deben “medirse”. Esta herramienta le sirve para “descargar” y, a medida que mide, su propio cuerpo va “sintiendo los lugares” afectados de la otra persona, permitiéndole identificar dolencias precisas: “Si vos estás enferma de una cosa, el 50 por ciento lo tenés acá (en la cabeza) y el otro 50 por ciento en el cuerpo”, explica.
Los palitos de azufre
María Carmen cuenta que desde hacía tiempo, la madre de una doctora sufría de cistitis e infecciones urinarias crónicas que la habían llevado a recorrer hospitales y sanatorios durante casi un año, alternando entre Mar del Plata y Buenos Aires, sin obtener una solución definitiva.
Un conocido le habló de María Carmen, una sanadora popular. La mujer reaccionó con incredulidad ante la sugerencia, pero su conocido insistió: “Ni te toca, te pide el nombre y listo”. Cuando María escuchó sobre la paciente, percibió de inmediato su escepticismo: “No cree en nada”. Rápidamente le indicó que la infección urinaria era provocada por parásitos y que sus riñones, estaban llenos de ellos.
El tratamiento que propuso fue igualmente inusual. En primer lugar, le indicó que debía evacuar correctamente el vientre, ya que de lo contrario el tratamiento no tendría efecto: “No hacemos milagros. Lo tiene que bajar”, le advirtió. Luego, le recomendó aplicarse azufre en la parte baja de la espalda cuando sintiera dolor. Finalmente, le explicó que debía conseguir las “barritas de azufre” en la farmacia, sugiriéndole comprar varios paquetes.
La paciente recibió estas indicaciones con una mezcla de desconfianza y curiosidad. Sin embargo, decidió probar. A los pocos días, volvió, no para pedir atención, sino para contarle su experiencia.
Entre risas, relató que, al usar los palitos, estos parecían “explotar” y desgranarse en pedacitos, al punto de que su marido tuvo que barrer los restos. Lo sorprendente fue que, después de esa noche, logró dormir profundamente por primera vez en meses, sin levantarse a orinar. A la mañana siguiente, le dijo a su hija, asombrada: “Esa mujer con unos palitos me curó”, “tantas cosas que me hicieron sufrir”, dijo al recordar los procedimientos médicos.
De escéptica pasó a convertirse en creyente. En su lugar de trabajo, contó su experiencia con entusiasmo a todos los que la rodeaban: “¡No saben lo que me pasó!”. Con el tiempo, descubrió que muchas personas de su entorno también conocían y confiaban en la señora de la calle Colombia.
Sensaciones
María Carmen atiende un mínimo de veinte personas por día, de lunes a viernes. La difusión de la práctica únicamente se da de boca en boca, trata a personas no solo de la comunidad sino también en el extranjero: “Es una satisfacción para mí verlos, cuando ya están bien”, concluyó.
Esa recompensa se manifiesta en los actos más pequeños y tiernos. En la sala, rodeada de peluches, explicó su verdadera función: no son adornos, sino herramientas. Con ellos, les enseña a los padres primerizos cómo sostener a sus bebés, cómo acunar sus cabezas para que se sientan seguros. En ese gesto, simple y profundo, reside la esencia de su ser. Para atender requiere estar lúcida, entonces siempre duerme una siesta. La salud se aprende y la mente es crucial para la curación. Por eso aconseja a sus pacientes no llamar a la enfermedad, no anticiparla.
Cree que la práctica de sanación continuará a través de las futuras generaciones. Hoy atiende a los nietos y bisnietos de aquellos a quienes ayudó en el pasado. Su hija, que ya se está formando y practicando, es la prueba viviente de la continuidad en la práctica.
(*) Esta entrevista fue realizada en el marco de la materia Práctica Profesional 1 de la Tecnicatura en Comunicación Social del ISFDYT 10 de Tandil, bajo la tutela de Carolina Cordi.
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