La habitación propia de Marita Fernández Barragán
Sensible y talentosa, en cada muestra crece como artista arriesgando hasta su salud por poner en valor sus creaciones. Cree en el autor que se esfuerza y estudia, en aquel que se perfecciona, pero está convencida - aunque parezca una contradicción- de que artista se nace. La Vidriera dialogó con la artista que presentó en el Mumbat Una habitación propia, basada en un ensayo escrito por Virginia Woolf.
Parte de su obra, además de lucirse y venderse en el país, se encuentra actualmente en galerías de Europa y es adquirida por coleccionistas privados.
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-Siempre se preguntan si un artista nace o se hace. Creo que se nace, estoy convencida. En la infancia el mejor regalo para mí eran los lápices de colores alemanes que venían en una caja de lata, hasta recuerdo el olor y eran mi mayor alegría… es que me gustaba el color, tengo un cuaderno de tercer grado lleno de color. Iba a la casa de amiguitos, antes teníamos que hacer la carátula en la primera hoja y, siempre me ofrecía. Después comencé a estudiar en Polivalente iniciándome en acuarela con don Ernesto Valor; a él le debo mucho porque aprendí esa técnica tan difícil. Hice un profesorado en Polivalente, donde luego fui docente, también un profesorado nacional de pintura, escultura y grabado, en la Escuela Luciano Fortabat de la ciudad de Azul, perfeccionándome con los maestros Domingo Gatto y Eduardo Giussiano, entre otros. Antes el arte era mucha exigencia, te apremiaban, no era cualquier cosa: “hacé lo que quieras”. No, tenés que aprender a dibujar, la teoría del color y un montón de cosas.
