Lo siento
Estimado Juan Roque
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailLamento que esta carta llegue demasiado tarde; sin embargo, como se dice, la intención es lo que vale y mi intención era cierta, verdadera: ya había agendado llamarlo y encontrarme con usted y hablar de cosas que no tuvieran que ver con el periodismo ni con la política. No le miento. No hago la de los “amigos y amigos” de Rozin, que todos obtuvieron sus últimas palabras, algo incomprobable. Al único que le creo es al periodista Alejandro Borensztein porque eran realmente muy amigos. Pero saliendo de este tema que tanto nos conmovió, el de Rozin digo, me gustaría contarle que tenía, como de costumbre, las preguntas en mi mente porque no suelo anotar, me manejo por impulsos, soy distraída, poco profesional, despistada y especialmente espontánea. Pero tenía preguntas para usted que siempre estuvieron dándome vueltas. De periodismo no íbamos a hablar porque para mí usted era un prócer del periodismo. ¡Sí! Hombre de consulta que no sólo daba la respuesta que se necesitaba sino que la chequeaba, la buscaba entre sus archivos y nunca dejaba a nadie en banda cuando le preguntaban por algo o por alguien. Juan Roque, quiero que sepa cuánto lo apreciaba y cuánto me dolió su inesperada partida. Le cuento, así entre nos, que a veces me cruzaba de vereda, por allí cerca de El Eco, sólo para saludarlo porque usted que siempre fue tan serio me sonreía y tenía alguna palabra amable respecto a La Vidriera, acompañando, siempre acompañando a sus lectores ¡Alguien puede decir que esto también es incomprobable! Pero ¿qué sentido tendría para mí mentir si son sus lectores los que hablan…? Al abrir el correo este fin de semana –porque siempre adelantaba las notas del próximo domingo- le juro que se me hizo un nudo en la garganta. Es que pensé que tal vez se había anticipado, porque ¡amaba tanto lo que hacía! Y yo le fallé. También a Bety Harispe que me había enviado todo para que le hiciera la entrevista, buscando el recontra merecido reconocimiento a su trayectoria por parte del Concejo Deliberante, que ya de nada vale si se lo hacen porque sinceramente sonaría a hipocresía, a no quedar mal con el hombre que defendió siempre sus valores radicales. Y si en un momento se decidió por un partido vecinalista y heterogéneo fue porque así se lo dictaba su conciencia. Usted no era un ególatra.
Pero volvamos a lo nuestro, a la nota que íbamos a hacer, a su historia de vida, algo que tal vez muy pocos conocían (y me incluyo). Sólo recuerdo haberlo visto disfrutar riendo relajado en la fiesta del diario El Eco en diciembre de 1999, cuando pensábamos que accedíamos al siglo XXI… ahí lo vi descontracturado, feliz y compartiendo la vida con nosotros. Y cuando digo nosotros hablo de los que nos sentimos una parte del corazón de El Eco de Tandil, los que no nos sacamos la camiseta ni para dormir. Y esto es así. Y no tiene explicación. Es y punto.
A esta altura de la carta ya tendría que haberle dicho qué cosas me quedaron sin preguntarle, pero como me voy por las ramas y me dejé estar… ¡a llorar a la Iglesia! Es algo que no tiene vuelta atrás.
Siempre escuché hablar de usted en la casa familiar y mi padre era amigo suyo, correligionarios, comían asados en el comité, pero no recuerdo su rostro de entonces. Sé de sus libros, de su destacada participación en instituciones y, del mutismo sobre su vida personal. La última vez que hablamos me confesó que poco salía ya por un problema en el pie –creo- así y todo solucionó mi duda, indagó, consiguió el dato.
Esta semana no aparecieron sus archivos en mi correo. Ya está, esto no tiene vuelta atrás. ¡Es la vida!, dijo un amigo conmovido hasta los huesos, aunque a veces se confunde la gente y dice, “ya tenía sus años”, pero para el afecto no existe edad y cuando se aparece la muerte: ¡No es justo! Siento no haberlo llamado antes para hacerle la entrevista. ¿Y sabe una cosa? La última pregunta que tenía pensada era si le temía a la muerte. ¡Qué loco!
Ahora ya está ¿qué más?
¡Ah! sí, una cosa más. Si es que existen los sentimientos, cuando uno se despide de la tierra esto lo alegrará: estuve hablando con su hijo Leandro que no escatimó elogios para con su padre. Con él ya quedamos en sentarnos a charlar para que me cuente cómo era ese Juan Roque padre que no todos conocemos. Me dio mucha alegría poder hablar con él y que dijera con naturalidad: “Mi padre no me dejó plata sino valores. Estoy muy orgulloso de quien fue”.
Que eso lo diga un hijo tiene un valor incalculable, Juan Roque. No sé si podrá leer esta carta donde esté, es tan críptico, encriptado, indescifrable, este tema de la muerte que ya no sé qué pensar.
De todos modos, lamento de verdad no haber tenido un último encuentro en el diario o en la calle. Lamento de verdad no haberme sentado y charlar mano a mano como era mi idea. En ese sentido no puedo revertir la situación.
Y lo siento.