La universidad
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Hoy alguien me preguntó por qué defendía tanto a la universidad pública.
Y también me preguntó si la marcha por la Ley de Financiamiento Universitario no era, en definitiva, un acto político.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailLa segunda respuesta fue fácil.
Claro que es política.
Defender la educación pública es político. Defender la salud pública es político. Defender el rol del Estado también lo es. Vivir en sociedad es político.
“Chocolate por la noticia”, diríamos en Argentina.
Pero la verdadera pregunta era otra.
¿Por qué la defiendo tanto?
Y ahí entendí que no tenía que responder desde la teoría, ni desde un cargo, ni desde una consigna. Tenía que responder desde mi historia.
Soy hijo de una familia de clase media.
A veces media-media, a veces media-alta… dependiendo de nuestra bendita economía argentina.
Mis padres fueron primera generación de profesionales de sus familias gracias a la universidad pública. Fueron docentes, investigadores, autoridades universitarias. Construyeron su vida alrededor de la educación, del conocimiento y de la investigación.
Y yo también soy hijo de esa universidad.
Soy abogado recibido en la UBA. Soy trabajador no docente y funcionario de la UNICEN.
Soy parte de una generación que creyó que el futuro todavía podía construirse en Argentina. De los que estudiaron para quedarse. De los que no se fueron al exterior buscando una vida mejor.
Era —y sigue siendo— acá.
Y además soy de los que volvieron al “pago chico”.
Volví a Tandil cuando probablemente era más tentador quedarse en Buenos Aires. Y en esa decisión hubo algo determinante: volver no significaba bajar el nivel ni resignar expectativas profesionales.
Porque Tandil es una ciudad potente. Una ciudad que crece, que se mueve, que empuja.
Y estoy convencido de que la Universidad tuvo, tiene y tendrá muchísimo que ver con eso.
Porque la universidad no solamente forma profesionales.
La universidad transforma sociedades.
Las transforma cuando permite que un hijo de trabajadores pueda convertirse en médico, abogado, ingeniero o investigador.
Las transforma cuando un pibe de otra ciudad puede estudiar gracias a una residencia universitaria o comer todos los días comida de calidad en un comedor autogestionado.
Las transforma cuando genera empleo, movimiento económico, desarrollo científico, obras, servicios y oportunidades.
Pero sobre todo las transforma silenciosamente.
Porque en ciudades como Tandil, la universidad hace que cualquier pyme, comercio o empresa familiar tenga cerca conocimiento, innovación y profesionales capacitados para crecer y mejorar.
Y eso no siempre aparece en una planilla de Excel.
Pero se nota.
Se nota muchísimo.
Se nota cuando comparás ciudades similares.
Se nota en el movimiento cultural.
Se nota en el desarrollo profesional.
Se nota en la calidad humana.
Se nota en la identidad.
Por eso la defiendo.
No porque crea que es perfecta. No lo es. Tiene errores, burocracias y muchísimas cosas para corregir.
Pero aun con todos sus defectos, sigo creyendo que la universidad pública argentina es una de las pocas herramientas reales de movilidad social, desarrollo y construcción colectiva que todavía funcionan en este país.
Y también porque, si soy completamente honesto, defenderla es defender parte de mi propia historia.
La historia de mis padres.
La mía.
Y ojalá también la de mis hijos.
Porque cuando la universidad pública funciona, no solamente cambia destinos individuales.
Puede cambiar una familia.
Puede cambiar una ciudad.
Y también puede cambiar un país.