Ocho crímenes y dos fugas: el asesino que sembró pánico en Tandil
En 1945, la región vivió uno de los episodios policiales más inquietantes de su historia. Juan Catalino Domínguez recorrió pueblos y estancias mientras una provincia entera intentaba capturarlo.
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El otoño del año 1945 llegó cargado de lúgubres asechanzas para Tandil y la zona. Un feroz asesino andaba suelto y la policía de la provincia toda se había movilizado para aprehenderlo. La gente de campo, principalmente, había adoptado extremas medidas de seguridad. Tan prevenida estaba y tan tensa era la situación, que durante el día recelaba de cualquier forastero que se acercaba.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailCada vez que los teros revoloteaban en el campo abierto, se tensaban los nervios de los campesinos, predispuestos siempre para lo peor. Ya al caer la tarde, trababan las puertas negándose, principalmente durante la noche, a responder a cualquier llamado extraño. Ni en los perros bravos confiaban. Y el que se atrevía a llegar a deshoras a una casa, corría el riesgo de hacer hablar las bocas de las armas.
Cortando campo y a pie, en tanto, marchaba un hombre vestido con ropas oscuras, cubierto con un poncho y ocultando su rostro tras una espesa barba. Era un hombre agobiado por el destino, capaz de cualquier cosa, acosado por la obsesión de vengar una traición. Era el tristemente célebre Juan Catalino Domínguez, un extraño personaje nacido en la zona rural de Rauch que llevaba a cuestas, martillándole la conciencia, el peso enorme de ocho homicidios y dos fugas de la cárcel y de un hospital.
