El latido ancestral de las sierras y la experiencia de cabalgar bajo la luz de la luna
Hay experiencias que no buscan deslumbrar ni correr contra el tiempo. Una cabalgata nocturna bajo la luna, en el paisaje rural de Tandil baja el ritmo, afina los sentidos y deja que el entorno marque el pulso. Silencio, poesía gaucha, relatos al paso y un cierre compartido en un almacén tradicional componen una travesía donde adultos y niños participan de un ritual contemporáneo que transforma la forma de vincularse con el territorio.
:format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/02/cabalgata.jpeg)
El sonido no es siempre el mismo. Se estira o se apaga según el suelo. Primero más blando cuando el caballo pisa la tierra suelta, después casi un susurro al internarse en el pasto, firme al encontrarse con la piedra, y seco y rítmico sobre el asfalto. Los cascos marcan el pulso del camino como si fueran un metrónomo antiguo, uno que no apura ni exige, solo acompaña.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailTodavía hay luz cuando comienza la cabalgata. El cielo se tiñe de un rojo bajo y espeso, que se filtra entre las sierras y deja sombras largas sobre el paisaje. Más temprano, algunos pájaros cruzan el aire por última vez antes de la noche. Después aparecen los grillos, insistentes, como si tomaran la posta del sonido. A la vera del camino algún que otro perro ladra, pero no hay sobresalto. Los caballos ya conocen ese lenguaje. Están acostumbrados a esos avisos que no anuncian peligro.
La hilera avanza sin apuro. Los cuerpos, con o sin experiencia, se amoldan rápido. Apenas a los diez minutos, o menos, de haber comenzado la travesía el ritmo cardíaco baja, la serenidad del atardecer se afirma en las pupilas y la brisa acompaña la fila de caballos y jinetes por la rocosidad tan propia de Tandil.
