Historias de Malvinas: entrevista a Carlos Bertini, el cirujano tandilense del buque hospital Bahía Paraíso
El recuerdo y la historia de un veterano que tuvo un paso especial por Malvinas.
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Cada 2 de abril es un día para recordar a los veteranos y a los caídos en Malvinas, pero también para reafirmar el reclamo por soberanía. Una forma de hacerlo es recuperando las historias detrás de los protagonistas. Y uno de ellos fue Carlos Bertini, médico cirujano nacido en la ciudad, que fue parte de la tripulación del Bahía Paraíso, primer buque hospital de todo Sudamérica, con destacada actuación en la guerra.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailEn una extensa charla con El Eco, Bertini contó desde sus inicios con la medicina hasta el instante en el que se enteró del comienzo de la guerra e hizo un viaje relámpago a Tandil para saludar a su familia ya que “no sabía cuándo los iba a volver a ver”. Pero también recordó esos momentos en los que la noche se volvían días por las explosiones en el cielo, el rescate de las víctimas del Crucero Belgrano, y cómo siguieron navegando incluso después de la rendición, transportando miles de soldados al continente.
Bertini habló pausado y claro, compartió anécdotas, dio detalles de los operativos y del cotidiano de más de dos meses a bordo del buque hospital. Pero su testimonio es parte también de un extenso proceso por el que, como muchos, atravesó primero el ninguneo a los veteranos y el olvido que lleva un nombre: desmalvinización. Le tomó 20 años poder hablar de la guerra, pero logró hacerlo, y contar su historia. El acto que está previsto para realizarse en la ciudad con motivo del 2 de Abril lo tendrá como principal orador.
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“Hay cosas que quedan grabadas a fuego”
-Antes de comenzar con su experiencia en Malvinas, quisiera preguntarle por sus inicios. ¿Dónde estudió y cómo fue el camino que lo llevó al Bahía Paraíso?
-Yo me fui a los 18 años de Tandil, para estudiar medicina en la Universidad de La Plata. Tenía prórroga del servicio militar, y cuando me recibí en diciembre de 1977 anulé la prórroga y me incorporaron en la Marina en el año 78’. Me incorporaron como soldado raso, colimba. Y fui uno de los 25 seleccionados que fuimos a un curso a la Escuela Naval, donde me dieron grado de guardiamarina.
-¿Y después de ese curso, adónde lo trasladaron?
-Mi primer destino como guardiamarina fue en el Hospital Naval de Ushuaia, en 1978, justo el año del conflicto con el Canal de Beagle. Ahí me dijeron que por ese conflicto, estaban incorporando y que podían pasarme a teniente de Fragata. Pero les dije que quería irme a La Plata a hacer la residencia en cirugía. Me prometieron que cuando todo termine, me enviaban a la residencia del Hospital Naval de Buenos Aires, y así fue. Primero hice un curso complementario profesional de medicina de guerra. Te enseñaban evacuación de heridos, cirugía de guerra, anestesia.
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-Era muy joven entonces, ¿Existía en su cabeza la posibilidad de que esos conocimientos alguna vez se apliquen?
-No, absolutamente. Lo hacíamos porque nos preparaban en una institución militar, pero no. Y cuando terminó eso, me fui a hacer la residencia en que duró hasta el 82'.
- ¿Ahí fue cuando se enteró del comienzo de la guerra? ¿Cómo fue?
-Hay cosas que te quedan grabadas a fuego. Yo estaba por entrar a operar un cáncer de tiroides, para hacer una tiroidectomía, y vino la orden de que se suspendieran todas las cirugías, que había que evacuar todos los pacientes que fueran evacuables. Porque habíamos tomado Malvinas y el hospital tenía que estar preparado para recibir a los heridos.
No nos podíamos mover de la zona, pero yo tenía a toda mi familia acá en Tandil. Con el antecedente del 78’ pensé que algo me iba a tocar, y le dije a uno de mis compañeros que me venía a Tandil a saludar a los míos porque no sabía cuándo iba a volver a verlos. A las tres horas que llegué a la ciudad, mi compañero me llamó por teléfono para decirme que estaba convocado para ir a Puerto Belgrano. Agarré mis cosas, e hice Constitución, Bahía Blanca y Puerto Belgrano. Ahí me tocó ir como cirujano en el que hizo de Buque Hospital durante toda la guerra, que fue el Bahía Paraíso.
-Estamos hablando de un buque particular, de dimensiones considerables y equipado específicamente para eso. ¿Qué puede contar del buque? ¿Cómo era el Bahía Paraíso?
-Bueno, era un buque de transporte polar, no un rompehielos como el Irizar, pero un semi-rompehielos.
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-En ese entonces, era un buque nuevo…
-Era nuevito, tenía un año. Junto con el Irizar había sido puente aéreo para que los helicópteros puedan llegar a las Islas Malvinas, y después fue parte de la recuperación de las Georgias y de la estación Grytviken. Cuando terminó eso volvió a Puerto Belgrano y recibimos la orden de que se transforme en un buque hospital.
Si bien hubo que agregarle cosas, ya tenía una enfermería a la que transformamos en la terapia intensiva. Agregamos dos quirófanos para poder llevar cuatro, y una sala de tratamiento de quemados y un laboratorio que ya estaban armados. Siempre destaco el trabajo de las enfermeras navales e instrumentadoras que ayudaron en el acondicionamiento del buque, fue un trabajo muy grande. Cuando dieron la orden de zarpar, también dieron la orden de baja de que no podían ir mujeres. Tuvimos que preparar a los cabos segundos enfermeros para que nos instrumentaran.
-Y se embarcaron…
-Cuando zarpamos, empezamos con todo lo que se hace en un buque, zafarranchos de abandono, de hundimiento y entrenamientos. Ahí preparamos a los enfermeros para que nos ayuden en las cirugías y en el traslado y traspaso de heridos, porque un buque tiene escaleras.
-Mientras tanto, había combates…
-Sí. Y estábamos fuera de las 200 millas de exclusión entre las islas y el continente. Por lo que navegábamos haciendo “ochos”. Y el 2 de mayo el comandante del buque nos dijo que habían hundido al Crucero General Belgrano, y que íbamos a empezar a navegar en zona donde había submarinos ingleses y solicitó que ninguno permaneciera bajo la línea de flotación. Porque el buque todavía no estaba reconocido como buque hospital, seguía con el casco rojo y la estructura amarilla. Le habían puesto unas cruces rojas, pero nosotros decíamos que eran para que hicieran puntería al pato.
Vivir en el Bahía Paraíso
-¿Cómo era el cotidiano en el Bahía Paraíso durante la guerra? ¿Cómo era vivir ahí arriba?
-El 24 de abril zarpamos y regresamos a puerto el 27 de junio, dos meses. 25 mil millas navegadas. Fue uno de los buques de la Armada que más navegó durante toda la guerra.
Y sobre el cotidiano…(ríe). Cuando empezamos, siguiendo las reglas militares teníamos orden de que a las 7 de la mañana teníamos que estar en formación. Pero fuimos con el jefe médico de combate, y le dijimos que nosotros estábamos operando hasta las 4 o 5 de la mañana y que nos parecía que no correspondía la formación a las 7, así que nos sacaron la formación.
-Estaban de guardia…
-No. Cuando había combate, era trabajar hasta que se terminara. Me acuerdo que estábamos fondeados en Puerto Argentino, y tipo 10 u 11 de la noche empezaba el bombardeo naval. Cuando había explosiones, se hacía de día, y sabía que después de eso empezaban a venir los heridos.
Durante el día había sobrevuelo, ataque aéreo de los Harrier, y estábamos a la orden de actividad. Pero cuando no había movimiento de guerra estábamos en la recámara, comíamos, jugábamos a las cartas, al backgammon.
-¿Podían mandar cartas a sus familias?
-Nada…
-No tenían esa posibilidad…
-No teníamos esa posibilidad. La única posibilidad era cuando llegábamos a puerto donde evacuábamos heridos.
La desesperación era ir a un teléfono público, llamar a tu casa y decir que estábamos bien, nada más.
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“Seguimos navegando en posguerra”
-¿Qué pasó a partir de que supieron del hundimiento del Belgrano?
-Llegamos a la zona el 3 de mayo a la noche. Las balsas se habían ido 100 millas para el lado de la Antártida por la tempestad y por las corrientes. El 4 las empezamos a encontrar.
-Las víctimas del Crucero…
-Claro, ya estábamos en función de sanidad de combate y en el rescate.
-¿Cómo fue ese momento? ¿Cómo lo vivió?
-Ese fue el momento más duro. En otra nota yo había dicho que fue ahí cuando nos dimos cuenta de que estábamos en la guerra. Me dijeron cosas como “¿En qué país vivías?”, pero no. Nosotros estábamos en preparación, pero todavía no en la zona de conflicto.
Y empezamos a hacer lo que teníamos que hacer, y lo que sabíamos hacer. Lo del Belgrano fue un antes y un después.
Por su calado, el Bahía Paraíso no podía estar en Puerto Argentino. Y cuando fue lo del Belgrano íbamos a la zona, encontrábamos las balsas y las rescatábamos. Tuvimos por el comandante la orden de hacerlo hasta la última balsa. Estuvimos hasta el 9 de mayo recorriendo, pero ya después de las 48 horas de que habíamos llegado, las balsas que encontrábamos estaban vacías. O con cadáveres que rescatábamos. Fue el único buque que trajo los cadáveres.
-La devolución de los cuerpos a las familias…
-Exactamente. No voy a dar nombres, pero alguien alguna vez declaró que nosotros tirábamos los cadáveres al agua. De ninguna manera. Nosotros los rescatábamos y los traíamos en la cámara frigorífica. Una de las cosas que más me impactó fue que el odontólogo que venía con nosotros, tuvo que reconocerlos por la ficha odontológica.
Cuando llegamos del rescate fuimos a Ushuaia. Hubo que descongelarlos, y se dio la orden de que se entreguen a las familias, en un cajón.
-Después del hundimiento del Belgrano, la guerra continuó por un poco más de un mes…
-Claro. La capitulación fue el 14 de junio, pero la nuestra no terminó ahí. Seguimos navegando posguerra. Porque tuvimos que traer a todos los soldados que habían quedado presos. Soldados, oficiales, pilotos. El último viaje lo hicimos el 27 de junio.
-Así como recuerda ese momento en el que se enteró del inicio de la guerra, ¿Cómo recibió la noticia de la capitulación?
-Nosotros hacíamos recorrido por el canal de San Carlos, dando la vuelta por las islas, recorriendo los puestos de combate y recogiendo heridos que traíamos al continente. En uno de esos viajes nos enteramos. Pero igual fuimos. Hay una foto en la que estamos en el medio de la flota inglesa. No nos dejaron acercarnos a Puerto Argentino, pero nos traían en barcazas a los soldados prisioneros.
El primer viaje trajimos 2500 soldados. Muchos no habían navegado. Habían llegado en avión, pero no habían navegado. Así que el buque estaba lleno de soldados, hasta en la cubierta. Ese fue el choque final, con mucho dolor, con mucha tristeza.
Malvinas y después
-¿A cuánta distancia estuvo de las islas?
-Estuve pisando las islas. En un momento estábamos en Puerto Argentino, y aunque no teníamos permisos, un oficial amigote mío vino a visitarnos. Nos dijo que nos bajáramos, y fuimos. Llegamos al puesto de comando de la Armada, justo el día que habían emplazado una estructura para lanzar un misil desde la caja de un camión. Inutilizaron una corbeta, y nosotros estábamos ahí. Se armó un jolgorio, festejamos. Lo mismo pasaba cuando había ataques aéreos y los misiles argentinos le pegaban a un Harrier.
-Hubo durante la guerra un discurso triunfalista, que luego se diluyó, se transformó. ¿Cómo se vivió desde adentro?
- Bueno, voy a contar una anécdota de eso. Como había dicho, llegábamos al continente y queríamos hablar con la familia. En uno de los llamados hablé con mi hermano que estaba acá en Tandil, y me decía “qué bárbaro, vamos ganando”. Teníamos la orden de no dar ningún tipo de información, pero yo le decía que esté tranquilo, que no era tan así.
-Y desde adentro no lo vivían tampoco tan así…
-No, mucho menos cuando empezamos a recibir los heridos. Si bien no estábamos en el frente de batalla, cuando recibíamos a los heridos nos contaban lo que estaba pasando.
-¿Cómo fue su vida después?
-Una vez me preguntaron cuándo creía yo que había empezado la desmalvinización en la Argentina. Y dije desde el primer minuto que terminó la guerra. No es que la empezaron los políticos.
Cuando regresamos, nos escondieron. Lo digo así y es lo que siento, y lo que digo de mi verdad. En mi caso personal me costó 20 años hablar de Malvinas, y si te ponés a hablar con veteranos, a todos les pasó lo mismo. Éramos los loquitos de la guerra. Tengo amigos que me contaron que mentían con la fecha de nacimiento cuando fueron a pedir trabajo, para que no los asocien con la guerra.
Yo ya era profesional, me volví al Hospital Naval y a principios del 85’ pedí la baja voluntaria y me fui de la Armada. Empecé de cero, a hacer guardias, hasta que gané un concurso en el Hospital Pirovano donde hice toda mi carrera. Me jubilé como jefe de Servicio de Cirugía Plástica y Reparadora hace dos años, después de 38 años en el hospital público.
-Pero no fue fácil…
- Hubo más muertos posguerra por suicidio que en la misma guerra. Me acabo de enterar que hay 40 hijos de veteranos que se suicidaron, muchos de ellos el mismo día del suicidio de sus padres. Y eso es consecuencia de lo que se hizo después de la guerra. Recién ahora se está cambiando un poco la mentalidad.
Los veteranos de guerra de Malvinas entregaron su vida por la patria, lo más sagrado que tiene un ser humano, la vida, por la bandera. Y cuando volvieron no les dieron bolilla.
En Malvinas hubo 649 muertos, de los cuales el 50 por ciento fueron del Crucero Belgrano. Pero el número de muertos, para ser una guerra, fue muy poco, y ahora voy a explicar por qué. Nosotros como buque hospital nos cruzamos con el buque hospital inglés, el Uganda. Le donamos sangre, medicamentos, todo.
En un entrecruzamiento ellos tenían soldados y pilotos argentinos. Y con otros integrantes del equipo quirúrgico fuimos a organizar la evacuación de esos soldados.
El buque de ellos era un barco de placer adaptado, tenían la sala de cirugía en la sal de baile. Los invitamos a que vengan al nuestro y se sorprendieron.
Charlamos con ellos, y los médicos del Uganda estaban totalmente en desacuerdo con la guerra. Decían que Margaret Thatcher y Galtieri, si querían pelear, que se pusieran ellos en un ring de box y se pelearan en lugar de hacer matar gente. De la charla también salió que ellos tenían orden de recuperar las islas, provocando el menor daño posible. Por eso no tenemos más muertos.
-¿Por qué contar su historia hoy?
-Porque cerré mi círculo en el 2017, cuando fui a Malvinas. El momento culminante fue cuando fuimos al Cementerio de Darwin. Yo llevaba un rosario que me había dado la jefa de enfermería de mi hospital, y que tenía un hijo enterrado ahí. Fue impresionante. Me arrodillé, me largué a llorar y me puse a rezar. Uno siente que ahí están los verdaderos héroes de la patria, los que entregaron la vida por Argentina.
Redactor El Eco de Tandil