“Siempre fui fiel a lo que me gustaba": la historia de Andrés Martínez, pionero de los videojuegos en Tandil
La historia de Andrés Martínez, pionero de los videojuegos en Tandil, y su local Next.
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En su ensayo The Game, el escritor italiano Alessandro Baricco postuló que una huella clave del presente virtual y digital puede rastrearse en un momento particular de la historia, la irrupción de los videojuegos. Las máquinas arcade –los “fichines”-no fueron solo una moda: empezaron a moldear la postura corporal “hombre-dedos-pantalla”, una configuración física y mental que hoy parece haberse vuelto universal con el uso cotidiano de los celulares. Por eso –pero también por muchas otras cosas-, pensar “los jueguitos” es poner el foco en uno de los elementos centrales de la cultura contemporánea, es decir, en parte de lo que nos hacen ser como somos.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailA mediados de los años ’80, Andrés Martínez era un estudiante de secundaria de Tandil, pero a diferencia de otros chicos que disfrutaban de andar en carritos de rulemanes o de pasar el tiempo en la plaza, en él se despertó una pasión diferente: la de los videojuegos. Lo que empezó como curiosidad autodidacta se transformó en su oficio, y hoy lleva más de 30 años al frente de Next. En su local en calle Sarmiento, generaciones enteras de tandilenses consiguieron sus primeros juegos en diskettes, casetes para Family Game, Sega, PlayStation y más.
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“Para mí la pasión es el ser gamer. Gamer desde el punto de vista del disfrute, porque yo creo que todo esto lo logré desde el disfrutar. Son 30 años, en el mismo lugar, haciendo lo mismo. Me podría haber ido a la telefonía, a otros terrenos de los que conocía, pero no, porque no era lo mío, no me hacía feliz. Siempre fui fiel a lo que me gustaba. No me puedo quejar. Con esto me compré mi casa, tuve mi familia, lo normal. Me dio muchas cosas. Pero hay veces que descuidás la pasión, entonces me pregunto para qué arranqué esto. Siempre hay que tener presente el por qué, si no, a la larga, te pasa factura”, contó Andrés para El Eco.
La charla fue extensa, y terminó con un momento que más de un amante de la cultura gamer sabrá apreciar: el dueño de Next se levantó la remera y mostró una calavera parecida al pirata Le Chuck –el antagonista del clásico Monkey Island-, que lleva tatuado desde hace décadas en su brazo.
La entrevista fue en su local de calle Sarmiento. Algunos recordarán las pioneras LAN Party que se hicieron en Tandil –cuando se tardaba 7 horas para que todo funcione en red-, otros tendrán en su memoria el llegar con los billetes arrugados para comprarse un juego para la Play chipeada, otros cuando vieron por primera vez en una pantalla de computadora una película recién estrenada.
En el mostrador había tres modernas consolas, a las que Andrés sumó algunas joyas de su colección: una Atari 2600, un Western Bar de Casio –“¡Escuchá cómo suena!”-, y una Game & Watch Panorama Screen de Nintendo.
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Elige tu propia aventura
“Esta pasión nació de chico, cuando ser gamer no existía, era mala palabra o era ser el nerd, al que todos decían el raro, el freak. Ser gamer en esa época y no desmereciendo a lo que es ahora, era tener las ganas”, comenzó Andrés.
Mientras estaba en el secundario, viajaba a Capital ya que su papá vivía allá. Así conoció jugueterías a las que “de a poquito empezaban a llegar juguetes tecnológicos”, como la Game & Watch que todavía conserva. “Y ahí me enamoré. Me enamoré de una consolita que con la mano podía manejar el personaje. Arranqué e investigué hasta tratar de conseguir más”, recordó.
Todo lo que pudo tener, lo tuvo. Como una CZ Spectrum, que tardaba 45 minutos en cargar un juego, y que le sirvió para conocer nociones de Basic. Con esa consola descubrió que “podía que en la pantalla había algo que no era solamente la televisión y que después vos lo podías manejar”. En cada viaje, Andrés trataba de conseguir revistas especializadas, en particular de computación como la Segunda Mano, y hasta tomó algún curso en Tandil.
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En paralelo, cursaba sus últimos años de escuela y como todos los adolescentes vivió la efervescencia de las salas de arcade. “Eran una red social”, dijo sobre los míticos locales de la época dorada de los fichines en Tandil como Halley o La Pipeta. En esas tardes y noches, Andrés siguió dando forma a su pasión: “Siempre quise hacer lo mismo que los arcades, pero en mi casa”.
Con los años siguió sumando consolas a su colección hogareña, y tuvo la Conmodore 64 y la 128, las Atari 2600, 2700 y 2800, la Nintendo y la primera Sega. “Ahí se fueron las consolas por un lado y la computación por el otro. Y yo me fui más para el lado de las computadoras”, dijo sobre ese momento en el que se metió de lleno en las primeras PC.
Un día, alguien le pasó un diskette. “Probá este juego, es medio raro”, le dijeron. “Lo puse, y apareció en la pantalla un tipito que me miraba, y me decía que quería ser un pirata. De repente tenía un montón de opciones para hablar, para abrir, para hacer. Me voló la cabeza”, contó sobre el día en el que descubrió el Monkey Island. En los célebres juegos de Lucas Arts, Andrés reafirmó su amor por los videojuegos, pero pudo también cruzar varias líneas de su propia historia, desde la programación hasta sus libros de Elige tu propia aventura.
“Hay que hacer esto en Tandil”
Aunque ya existía la carrera de Ingeniería en Sistemas en la ciudad, cuando Andrés terminó la secundaria se fue a estudiar computación a Capital. En realidad, fue un año casi sabático en el que se dedicó sobre todo a recorrer galerías de avenida Santa Fe. “Encontré toda una estructura armada de compra y venta de diskettes y de juegos. Entonces dije que tenía que llevar eso a Tandil”.
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Lo último que hizo en Capital fue comprarse un lote de diskettes vírgenes y una duplicadora que sumó a su Pentium II. Volvió a Tandil en 1993, empezó a cursar Sistemas, y pegó en las paredes de la Facultad cartelitos con la leyenda “Vendo programas – Vendo juegos”. Al fondo de su casa en calle 14 de julio puso un escritorio y se largó con el emprendimiento.
“Estaba con un monitor, la compu, y un grabadorcito en el que sonaban Ratones Paranoicos y A77aque. No se conseguía nada original en esa época, era todo pirateado, y muchos se acordarán de las alegrías que les he dado. De repente, mi casa estalló”, dijo sobre cómo comenzó todo. En poco tiempo, se formaban filas de clientes y en dos años, siendo estudiante universitario, Andrés pudo comprarse un auto.
“Cuando vi la cola afuera, en la vereda, me dije que había funcionado. Lo mejor que te puede pasar es que un proyecto que vos lleves a cabo, de repente explote. Porque uno a veces no cree en uno mismo hasta que suceden esas cosas”, reflexionó. Había nacido Next.
“Vos hablás el mismo idioma”
Tras el éxito del emprendimiento, y aconsejado por uno de sus clientes más apasionados, Andrés abrió el local de calle Sarmiento. Primero se llamó PC Games, después Next. En el mismo lugar sigue desde hace 33 años.
Pasó por todas las consolas –todavía anhela la Sega Dreamcast- vivió el ocaso de la PC y luego su retorno. Escucharlo contar la historia de Next es también hacer un repaso por formatos y soportes: MP3, DVD, PlayStation, Red.
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Aunque sigue llevando con orgullo el tatuaje de Monkey Island, y siempre va a elegir el Maniac Mansion antes que al Fortnite, Andrés tiene presente que estar en el mundo de los videojuegos requiere no perderse –ni saltearse-, ninguna actualización. Como dice el nombre de su local –que evoca al célebre Gecz, pero también a una de las empresas fundadas por Steve Jobs-, el rubro empuja a lo próximo, al futuro.
“Al Fortnite no lo puedo ni ver, porque por ahí no lo entiendo. Pero sé de qué se trata, y tengo que seguir aggiornándome. Los padres me traen los pibes y me dicen que les hable yo porque tengo el mismo idioma. Entonces, no me puedo quedar ni un minuto. Los chicos que hoy tienen cinco años, son como cuando en mi época teníamos doce. No les puedo faltar el respeto, los tengo que tratar como tal, por toda la información a la que acceden ahora. Y esa pasión se las tenés que llevar”, explicó.
Más allá de que conoce los detalles de los últimos avances, para Andrés el presente está marcado por cierta “pérdida de la esencia” de los videojuegos. “Por eso se está volviendo a los juegos retro y al coleccionismo. Hoy en día se está viendo que lo nuevo no es mejor, o porque tenga mejores gráficos quiere decir que sea bueno. Puede ser que el juego nuevo esté de moda, pero también está la vuelta de los juegos de pixeles”, concluyó.
Con el mismo “espíritu adolescente” que lo llevaba a duplicar los discos de juegos de la Conmodore 64 cuando todavía estaba en la escuela, Andrés aprovechó la pandemia para cumplir otro de sus sueños. Con un amigo carpintero y sus conocimientos de computación armó un arcade con miles de títulos de todas las épocas. En los últimos meses –y tras una visita al Sacoa de Mar del Plata-, le agregó una pistola para seguir pasando algunas tardes eliminando zombies. Como decía una película, no se puede cambiar de pasión.
Redactor El Eco de Tandil