¿Hasta dónde puede llegar la admiración?
Desde el Taller de Producción de Lenguajes los estudiantes de 6to. año de la Orientación Comunicación exploran aquellas anécdotas, historias y leyendas que circulan en el interior de sus familias. Acompañados por la profesora María Victoria Adam recopilan esas "Historias de familia" que van a perdurar como tesoros y que ya comienzan a circular.
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Por Valentina Escribano.
Al día de hoy, mi hermano lleva tatuado en la piel las palabras “resiliencia, valentía y conexión” ya que son los conceptos que en la familia asociamos a él, pero creo que es una historia más larga de lo que parece.
En 2013, Federico (mi hermano), estaba charlando conmigo al momento de tragarse una mosca y que un “bichito” lo enfermara, o eso creía yo; en realidad lo que mi hermano tenía era leucemia, un tipo de cáncer que afecta a los tejidos que forman la sangre del cuerpo, incluida la médula ósea y el sistema linfático.
En ese tiempo yo tenía tres años y él ocho. Al principio solo era una “gripe” que además de no curarse, solo empeoró y se tornó rara en el instante que mi mamá notó que Fede tenía moretones donde no se suponía que debía tenerlos.
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Luego de una semana con mi doctor de cabecera, ella comenzó a sospechar del diagnóstico, por lo cual decidió esperar en la puerta del hospital al pediatra de mi hermano, quien volvía de un viaje y él les encargó ir al hospital para poder realizarle algunos estudios; tan solo una hora después les avisan a mis papás que mi hermano tenía que ser transferido a La Plata y si bien a mi papá le dicen que podría ser leucemia, mi mamá se va en la ambulancia sin saber nada.
La noticia llegó a mí y me informaron que debía quedarme un día con mi abuelo, un día que se transformó en tres, y que al cuarto me buscaron para ir con ellos a vivir en lo que sería mi nueva casa durante los siguientes tres meses.
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Mientras tanto, Fede fue ingresado al hospital Sor Ludovica (Hospital de Niños de La Plata) y quedó internado por veintiocho días ya que además de ser diagnosticado con cáncer, tenía tan solo 20.000 plaquetas, cero glóbulos rojos y cien glóbulos blancos malos. Durante ese periodo, no comió nada en veintitrés días; lo pinchaban al menos tres veces por día para poder ayudarlo.
Mis papás se turnaban para uno cuidarme a mí y el otro a mi hermano, cada veinticuatro horas. De agosto a noviembre el apoyo familiar nunca faltó, así como tampoco las visitas.
Además, durante ese tiempo, en Tandil estaba en construcción nuestra casa, la cual tuvo que hacerse mucho más rápido de lo que se planeaba para que Fede pudiera habitarla, y fue el 14 de noviembre que pudimos volver a la “normalidad” aunque eso incluyera ahora viajes constantes para revisiones.
Con el tiempo las visitas al hospital se comenzaron a distanciar, pero no sería hasta el 16 de enero de 2018 que mi hermano recibiría el alta; era y es una hazaña casi imposible que marcó la vida de los cuatro: Fede había superado el cáncer.
En ese momento no tenía dimensión de lo que pasaba, pero es al día de hoy que no imagino mi vida si mi hermano no hubiera estado.
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