Junto a la Fortaleza de la Independencia celebró Tandil la caída de Rosas
EL JUBILO DEL VECINDARIO TUVO SU MAYOR EXTERIORIZACION CUANDO SE ANUNCIO QUE EL NUEVO GOBIERNO RECONOCIA LOS DERECHOS DE LOS PROPIETARIOS DE CASAS, ESTANCIAS Y OTROS BIENES RAICES SECUESTRADOS Y ESTABA DISPUESTO A LEVANTAR LOS EMBARGOS.
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Por Juan Roque Castelnuovo
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailEn 1829 Juan Manuel de Rosas asumió la gobernación de Buenos Aires, desplegando una enorme influencia sobre todo el país. A partir de entonces y por espacio de dos décadas, ejerció el poder en forma autoritaria, oponiéndose durante toda su gestión a la organización nacional y a la sanción de una constitución, lo que hubiera significado el reparto de las rentas aduaneras con el resto del país y la pérdida de la hegemonía porteña.
A partir de 1851, su ex aliado Justo José de Urquiza había decidido enfrentarse al Gobernador bonaerense y alistó a sus hombres en el llamado “Ejército grande”. El 3 de febrero de 1852 se encontraron los 24.000 hombres de Urquiza con los 23.000 de Rosas en la batalla de Caseros, que habría de marcar el fin de una época en la historia nacional. Tras pocas horas de batalla, la victoria fue para Urquiza y Rosas se exilió en Inglaterra, asumiendo Urquiza por sí mismo el gobierno provisional.
Como consecuencia del pronunciamiento de Urquiza, el gobierno de Rosas no había ocultado aquí su malestar y a través del juez Felipe Vela se había dirigido a las autoridades del partido, ordenándoles que a la cabeza de las notas oficiales se había resuelto añadir como principio de lealtad, además de la leyenda de anatema a los unitarios, ésta otra: “Muera el loco traidor salvaje unitario Urquiza”, lo que dio lugar a numerosas interpretaciones, no todas por convicción, de adhesión fervorosa a la causa de Rosas y de dura censura a Urquiza y a los unitarios réprobos.
Así estaba la situación, cuando llegado enero de 1852 las cosas no daban para más. Comenzaban a circular en nuestro pueblo rumores alarmantes. La gente no hablaba, pero comentaba por lo bajo procurando no ser oída. Algo se percibía a flor de piel que marcaba la pauta de un desenlace inminente. Fue por ello que con el propósito de aventar esas sospechas el alcalde del cuartel 1 del partido, Ramon Zabala, reunió a los vecinos del pueblo en la Comandancia del Fuerte Independencia en la noche del 16, ante los cuales leyó en alta voz cierta nota que había recibido en el Juzgado y al momento de terminar la lectura para infundir ánimo y proporcionárselo tal vez a sí mismo, forzó un “¡Viva la Confederación Argentina, Muera el loco traidor salvaje unitario Urquiza!”.. “¡Mueran todos los que esparcen noticias falsas contrarias a la sagrada causa nacional de la Federación!”.
Esas exclamaciones de áspera censura al movimiento revolucionario en marcha, fueron repetidas a coro con el mayor entusiasmo por todos los asistentes a la convocatoria, entre alabanzas al tirano cuyo fin se acercaba. El juez Vela, además, previno que todo aquel que oyese a cualquier unitario dar noticias “perjudiciales para la sagrada causa de la Federación y no diese parte al Juzgado, se hacía tan responsable como el salvaje unitario y como tal sería inmediatamente detenido.”
Nada de eso, sin embargo, pudo contener la decisión tomada por Urquiza y su gente. Días más tarde, el 14 de febrero, el mismo juez Felipe Vela, el “Federal neto” como era considerado, comunicaba a los alcaldes el triunfo de las armas libertadoras. Y no sólo él. Muchos ciudadanos que habían sido “federales netos” con exaltación y tono magistral y pedantesco, aparecieron de pronto ante el nuevo estado de cosas, transformados y entusiastas partidarios del Director provisorio, dispuestos mansamente a secundar sus acciones en el gobierno. A poco no más de haber vilipendiado a los hombres que nunca quisieron vestir la librea de los lacayos.
Dos días después, el 16 de febrero, todo el vecindario, hasta los que habían sido federales fervorosos, festejaban alborozados la caída del Dictador con el más vivo placer –felicitándose, dice un escrito de la época, “por el exterminio del tirano Rosas”, quien despavorido había huido del suelo argentino que por el dilatado tiempo de veinte años había tiranizado.
El festejo tuvo lugar, según la misma referencia, en torno al Fuerte de la Independencia del Tandil, donde un baile popular servía para manifestar la incontenible algarabía del pueblo liberado, mientras el fuego iba consumiendo, poco a poco, las divisas rojas que habían servido por espacio de dos décadas de distintivo a una época nefasta de la vida nacional.
El júbilo alcanzó momentos de gran emotividad cuando fueron leídas las resoluciones del nuevo Gobierno provisional respetando los derechos de los propietarios de casas, estancias y demás bienes raíces cuyo secuestro había ordenado la dictadura y el levantamiento de los embargos que pesaban sobre las propiedades, reintegrándolas a sus dueños.
Y, desde luego, se recibía con inmensa alegría la proclamación del señor general en Jefe del Ejército y aliado gobernador y capitán general de la provincia de Entre Rios, don Justo José de Urquiza.
