Un poco de Juan Raúl Pagnacco: de mi Tata a una calle
¿Alguna vez te preguntaste cómo se nombra una calle? Esta nota es sobre una persona muy especial para mí: mi Tata.
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Por Ignacio Pagnacco Varela.
Mi abuelo es (me cuesta escribir fue) Juan Raúl Pagnacco, nacido el 23 de noviembre de 1930, hijo de un matrimonio de raíces italianas. Sus padres, Consol Tildo Pagnacco y María Elvira Zámolo, tuvieron nueve hijos. De ellos, cinco de los varones trabajaron como albañiles junto a Valentín Zámolo, un reconocido constructor local, quien les enseñó el oficio.
Raúl se casó con María Laffitte y juntos criaron cuatro hijos: Cecilia, Laura, Mauricio y Silvio. Su hermano Valentín también tuvo tres hijos: Valentina, Natalia y Luciano. Cabe destacar que, al día de hoy, Natalia y Luciano llevan al frente el corralón familiar Pagnacco Hnos. Lidia, junto a su esposo Melchor Pellizzari, tuvo cuatro hijos: Jorgelina, Ana Claudia, Mariela y Cristian. Alfredo, con Elsa Lazarte, tuvo dos hijas: Anahí y Silvia.
Por otra parte, Juan Bautista, casado con María Fusari, aportó a la familia nuevos descendientes. Tuvieron a María Julia, Juan Carlos, Berta, Isabel, Jorge y Juana. María Julia, junto a su marido Francisco Gorostidi, tuvo a María Cristina y Francisco Gorostidi. Juan Carlos y Beatriz Martínez tuvieron cuatro hijos: Carlos, Jorge, Diego y Claudia. Berta, casada con Eduardo Gorostidi, fue madre de Eduardo y Héctor. Isabel, casada con Adolfo Azcazuri, tuvo a Rosana y Sara. Jorge, casado con Elika Romay, tuvo dos hijos, María Victoria y Miguel Ángel. Juana, junto a su esposo José Antonio Arieli, también tuvo dos hijos: Juan Carlos y Adriana.
Todos ellos, a través de diferentes trabajos y esfuerzos, continuaron con el legado de sus mayores. Así fue transcurriendo la historia familiar de los Pagnacco a través de cuatro generaciones, desde aquellos inmigrantes italianos que dejaron su tierra natal y llegaron a nuestro país para buscar nuevas oportunidades y formar en Tandil una familia de trabajo, generosa y digna.
Eso que expliqué recién muestra el origen de mi apellido. El Tata fue el único familiar que pudo viajar a Italia en el ‘85 y conocer el pueblo de sus antepasados, La Carnia, en la provincia de Udine. Dato no menor: el 6 de mayo de 1976, el pueblo sufrió un terrible y devastador terremoto de 6.4 de magnitud en escala Richter. Mil personas perdieron la vida y 45 mil se quedaron sin hogar.
Sobre mi abuelo
A medida que fui conociendo más sobre su vida, también fui descubriendo a la persona que había detrás de todas esas historias. Aunque no tuve la posibilidad de conocerlo, hay algo que aparece constantemente cuando hablan de él: la importancia que les daba a su familia, a sus amigos y al trabajo.
Era una persona muy dedicada a lo que hacía. Estudió en el colegio San José y luego continuó en la Escuela 7. A los 35 años retomó sus estudios y logró recibirse de maestro mayor de obras, después de haber trabajado durante años en la construcción. Junto con sus hermanos, fundó Pagnacco Hermanos el 16 de marzo de 1956, un proyecto que comenzó entre cinco hermanos y que con el tiempo fue creciendo.
Pero si hay algo que me llamó especialmente la atención al conocer su historia desde chico es la importancia que tenía para él la familia. Estuvo 48 años casado con María, sus cuatro hijos le regalaron once nietos, de los cuales conoció a nueve. Luego llegó la nueva generación de bisnietos. Dentro de los dos nietos que no pudo conocer, estamos mi hermana y yo. Sí, lamentablemente no llegué a conocerlo. Por eso, leer cómo hablaba de sus hijos y nietos me permite imaginar, aunque sea un poco, la persona que fue.
Decía que había que cultivar la familia y ser amigo de los que uno tiene cerca. Le gustaba compartir momentos sencillos con sus nietos y valoraba esos recuerdos que, según él, “quedan para siempre”. Como por ejemplo, llevarlos a tomar el café con leche una tarde. ¡Cuánto me hubiera gustado! También consideraba que su mayor virtud era la amistad y que lo que más le molestaba era la maldad, la falta de sinceridad y la envidia.
Tenía sus pasiones y sus gustos: era hincha de River, disfrutaba del automovilismo y tenía un Ford A que conservaba con mucho cariño. También le gustaba el tango tradicional. Sin embargo, cuando hablaba de sus sueños, el dinero quedaba siempre fuera. Su verdadero deseo era ver a los suyos triunfar, ser buenas personas y ser felices.
Al conocer estas cuestiones, siento que empiezo a acercarme a alguien a quien, por una cuestión de tiempo, no llegué a conocer personalmente. Puedo conocerlo a través de sus palabras, de las historias de quienes compartieron su vida y de todo lo que fue dejando detrás.
La actualidad y la familia
Luego de ese 2 de octubre, cuando el motor de la familia se apagó, la familia Pagnacco fue creciendo. Al día de hoy somos casi 20 nietos y bisnietos en total, y estamos esperando que nazcan nuevos integrantes. Siempre, pero siempre, tenemos presentes los cuentos y anécdotas del Tata. Pensar que por ejemplo, el bebé de mi prima, nieta del Tata, dice siempre “Tata” cada vez que ve un mini retrato de él en cemento. Además de no olvidarnos de las nuevas personas que fueron apareciendo, como por ejemplo novios y novias de algunos familiares, que los queremos y amamos como si fueran de sangre.
Hablando sobre el pasaje que lleva el nombre “Juan Raúl Pagnacco”, esta es su historia. Todo empezó luego de que una vecina conocida y querida por nuestra familia me comentó que le faltaba nombre a un pasaje entre calles Antonena y General Necochea, y paralelo a Ezeiza, barrio donde se asentó la familia Pagnacco, donde todo comenzó. Esto era un problema, ya que a los vecinos que viven ahí no les llegaban algunos servicios esenciales hasta que no contaran con la identificación de la calle correspondiente. Luego me dio la idea de consultar con un concejal para nombrar la calle. Y ahí le escribí al concejal Federico Sanchez Chopa, a quien aprovecho para agradecer y enviar un gran saludo. Le conté la idea y le gustó muchísimo; entonces me pidió que le redactara un documento explicando su historia y el porqué de la posibilidad de denominar el pasaje con el nombre de mi abuelo. Dicho y hecho, lo escribí y se lo mandé. Sobre los argumentos, me basé en el trabajo de tantos años reconocido en Tandil, fueron muchas las construcciones y también en lo que representa su apellido en el barrio y para los vecinos. Algunas de las construcciones realizadas por mi abuelo fueron las siguientes: en sus inicios como aprendiz, la Capilla Santa Gemma del Monte Calvario, luego la adaptación del actual rectorado de la Unicen, la ampliación del Monasterio Trapense de Pablo Acosta, el peaje de Tandil, la primera reforma al edificio del diario El Eco de Tandil (el cual hizo con mucha emoción), el reemplazo de la cruz principal del Monte Calvario de madera a cemento… y múltiples casas.
El gran momento llegó el jueves 13 de noviembre de 2025, el día de la sesión en el Concejo Deliberante de nuestra ciudad. Yo, claramente estaba en el colegio, entonces, durante la hora de matemática me retiré y me dirigí a la Municipalidad para ver la votación. Mientras se discutían distintas ordenanzas, llegó el momento de votar la ordenanza de la calle. Federico Sánchez Chopa explicó los fundamentos de su historia, y la votación terminó con los votos de todos los concejales a favor.
No lo podía creer. Luego de tantas anécdotas familiares contando las historias del Tata, y algunas de las cosas que hizo, iba a tener el nombre de un pasaje en nuestra ciudad. En el barrio donde reside la familia. Pensar que algunos familiares míos viven en esta calle Pagnacco. Se me ponen los pelos de punta.
De esta manera he narrado en parte la historia de mi Tata, de mis raíces y de mi familia. Ahora pretendo despedirme con un mensaje para él. “Pasaron 20 años desde que te fuiste, abuelo querido. Aunque no tuve la oportunidad de conocerte, tu recuerdo sigue más presente que nunca en nuestra familia, en cada historia que contamos y en todo lo que dejaste en quienes sí tuvieron la suerte de compartir la vida con vos. Porque sabemos todos que hay personas que se van, pero nunca dejan de estar. Y aunque nunca pude abrazarte, ni compartir ningún momento con vos o que no me hayas llevado a tomar el café con leche para ganarte mi querer como hacías con los nietos, siento que de alguna manera te fui conociendo a través de todos los que te recuerdan. Abrazos al cielo y hasta el reencuentro, abuelo querido”.
Más de 144 años escribiendo la historia de Tandil