Una amistad que sobrevivió a todo: la peña que cumplió 42 años
La historia de un grupo de amigos que logró sostener el vínculo entre asados, partidas de truco y viajes de pesca.
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Por Juan Eduardo Sainz.
Hay cosas que uno sabe que son importantes, pero que recién con el paso de los años empieza a dimensionar. Una de ellas es la amistad.
Y hay otra que todavía nos cuesta creer: hace 42 años que un grupo de amigos de Tandil se sigue juntando en forma ininterrumpida. Sí, 42 años.
No sabemos muy bien cómo pasó. Probablemente ninguno de nosotros, cuando empezamos a juntarnos siendo adolescentes, imaginaba que cuatro décadas después íbamos a seguir sentándonos alrededor de una mesa, comiendo un asado, tomando algo, jugando al truco, discutiendo de fútbol, de política, de pesca, de la vida… y, por supuesto, cargándonos entre nosotros como si todavía tuviéramos 17 años. Pero acá estamos.
La historia empezó mucho antes de la Peña. Algunos nos conocemos desde primer grado de la primaria. Es el caso de Sergio Atra, Ramón, y quien escribe, Juan Sainz, el Gallego. También Guillermo Morondo, Moroco, y Pablo Cocola, Capocha, que fueron compañeros desde primer grado.
Los cuatro pasamos por la Escuela 2 de Tandil, aunque seguramente ninguno de nuestros maestros hubiera imaginado que aquella banda de chicos iba a terminar formando, muchos años después, una Peña con semejante currículum.
En 1983 llegó otro capítulo importante: la ENET 1 de Tandil y la especialidad de Química. Ahí se sumaron los demás.
Y entre probetas, guardapolvos, clases, profesores, materias y alguna que otra travesura que probablemente sea mejor no recordar demasiado, se fue formando el grupo que después de egresar, en 1986, decidió que eso de ser compañeros de escuela no tenía por qué terminar con el diploma. Y así nació, o mejor dicho, se consolidó la Peña.
Desde entonces, una o dos veces por mes, la excusa es casi siempre la misma: juntarnos a comer algo. Generalmente un asado, salvo que sea un costillar que Pucho es el especialista o cuando alguno de los cocineros expertos como Moroco, Melli o El Abuelo deciden cocinar alguna exquisitez. Y conversar.
Aunque decir "conversar" quizás sea demasiado generoso. Porque en realidad hablamos todos al mismo tiempo, nos interrumpimos, nos cargamos, alguno cuenta una historia que ya contó treinta veces, otro la desmiente, alguien se ríe antes de que termine el relato y el mismo de siempre se recalienta porque ese lo vuelve loco… y, en algún momento, inevitablemente, aparece el truco. Porque una Peña sin truco no sería una Peña.
Los integrantes
Diez tipos que, mirados individualmente, tenemos poco que ver unos con otros. Cada uno con su personalidad, sus virtudes, sus defectos, sus manías y, a esta altura, unas cuantas mañas de viejo.
Y quizás ahí esté justamente el secreto. Nunca intentamos ser iguales. Nos conocemos demasiado como para eso.
Sabemos quién llega tarde, quién discute por cualquier cosa, quién no perdona una cargada, quién tiene memoria selectiva, quién cuenta siempre la misma anécdota, quién hace trampa en el truco -aunque obviamente él diga que nunca- y quién empieza diciendo "yo no voy a comer mucho" y termina repitiendo tres veces.
Nos conocemos en serio. Y eso, después de tantos años, tiene un valor enorme.
Los “adoptados”
Por supuesto, una Peña de tantos años también tiene sus incorporaciones. Aunque, para ser sinceros, algunos no cumplen exactamente con los requisitos de ingreso.
El caso más evidente es Juan López de Armentia, El Melli, que tuvo el atrevimiento de estudiar Construcciones en la ENET 1 en lugar de Química.
Pero tuvo suerte, su simpatía y, fundamentalmente, los descuentos que nos hace en su negocio de platería terminaron inclinando la balanza a su favor. Fue adoptado. Y ya nadie se acuerda que no era de Química.
También están José María Gascue, Pucho, médico de la vecina ciudad de Rauch, y Horacio Sánchez, Almácigo, desde Bahía Blanca. Los dos son "adoptados" desde hace muchísimos años y como suele pasar en estos casos, al principio fueron incorporaciones y hoy ya son parte de la familia.
Eso sí: seguimos recordándoles cada tanto que son adoptados. Porque una cosa es integrarlos y otra muy distinta es regalarles la nacionalidad de la Peña.
La pesca: porque comer asado una o dos veces por mes no era suficiente
Como si juntarnos una o dos veces por mes fuera poco, una o dos veces al año tenemos una actividad fundamental para mantener viva nuestra amistad: nos vamos de pesca.
Y casi siempre el destino es Balneario Marisol. Allí pasamos tres o cuatro días fantásticos.
Pesca, asados, charlas, algún vino, muchas cargadas y, por supuesto, una competencia de pesca en la que todos llegamos convencidos de que vamos a ganar. La realidad después suele ser bastante diferente. Pero eso es parte de la diversión.
En Marisol tenemos otra versión de la Peña. Estamos varios días juntos, sin horarios, lejos de las obligaciones cotidianas y con tiempo para hablar de todo. Y quizás sea ahí donde más se entiende lo que construimos durante todos estos años.
42 años después
Cuando uno es joven, 42 años parecen una eternidad. Cuando uno llega a esta edad, descubre que pasó en un abrir y cerrar de ojos.
En estos 42 años nos pasaron muchísimas cosas. Cambiamos de trabajos, tuvimos hijos, formamos familias, algunos se fueron a vivir lejos, otros viajaron, otros cambiaron de profesión, llegaron los problemas, las alegrías, los éxitos, los fracasos, las pérdidas y las vueltas que da la vida.
Pero hubo algo que se mantuvo. La mesa. Y alrededor de esa mesa, nosotros.
Quizás eso sea lo más extraordinario de esta historia. No necesitamos organizar grandes eventos para encontrarnos. No necesitamos una fecha especial. No necesitamos una excusa.
Nos juntamos porque queremos estar juntos. Porque después de tantos años seguimos teniendo ganas de saber cómo está el otro. Porque si alguno necesita algo, los demás aparecen. Porque podemos pasar meses hablando de cualquier pavada y, cuando alguno realmente necesita apoyo, la respuesta es inmediata.
Y porque sabemos que, aunque hayan pasado 42 años, seguimos siendo los mismos tipos que alguna vez salieron de la ENET 1 con un título bajo el brazo y toda la vida por delante.
Ahora tenemos algunas canas más. Algunos kilos también. Menos pelo en algunos casos y bastante más barba en otros. Tenemos hijos grandes, responsabilidades, historias y unas cuantas cicatrices de la vida.
Pero cuando nos juntamos, por un rato volvemos a ser aquellos pibes. Nos seguimos riendo de las mismas cosas. Nos seguimos cargando. Seguimos jugando al truco. Seguimos discutiendo. Seguimos comiendo asados. Y seguimos organizando la próxima juntada antes de terminar la actual.
Una Peña difícil de explicar
Quizás desde afuera sea difícil entender qué tiene de especial un grupo de diez tipos que se juntan a comer un asado durante más de cuatro décadas. Para nosotros es bastante sencillo.
Es amistad. De la que no necesita demasiadas explicaciones. De la que soporta silencios, distancias, diferencias y años. De la que permite que cada uno sea como es. Y de la que sabe que, pase lo que pase, hay una mesa en Tandil donde siempre hay un lugar para uno más.
Por eso, cuando miramos para atrás y nos damos cuenta de que llevamos 42 años de Peña ininterrumpida, la verdad es que nos cuesta creerlo. Y también nos hace sentir profundamente orgullosos.
Porque en un mundo donde todo parece cambiar cada vez más rápido, nosotros conservamos algo bastante simple: seguir juntándonos.
Una vez o dos por mes. Un asado. Un truco. Una cargada. Una charla. Un viaje de pesca. Y los mismos amigos de siempre.
42 años después, seguimos estando. Y, por ahora, la próxima Peña ya tiene fecha.
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