Más cuestiones sobre el agua, un factor fundamental en la explotación agrícola
En un nuevo Podcast, el tema de ElEcoCampo se relaciona la importancia del agua en la producción agrícola, de acuerdo al suelo y al cultivo elegido.
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El entrevistado de la semana fue el ingeniero agrónomo Marcelo López de Sabando, destacado profesional que pertenece a la delegación local del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailAl comenzar a dialogar, consideró importante “poner de relevancia lo que es el agua en general para los cultivos” y enfatizó que “el recurso que en general limita la producción de los cultivos es justamente el agua”.
Añadió que “es quizás donde más foco debemos poner a la hora de ajustar nuestras decisiones de manejo. En general disponemos de radiación, de dióxido de carbono y otras cuestiones que requieren los cultivos para crecer, pero el principal recurso que nos limita es el agua”, profundizó.
Explicó que “gran parte de las decisiones que tomamos -fechas de siembra, cultivo que vamos a sembrar y demás- están asociadas a cuando vamos a disponer de agua o qué nivel de capacidad de almacenar agua tenemos”.
Más adelante, dijo que “como para tener en cuenta la magnitud, a medida que ajusto el manejo de mis decisiones, en el orden de un milímetro me representan 20 kilos de maíz. Por lo tanto, en el orden de 100 milímetros me representarían 2.000 kilos de maíz. En el caso del trigo, 100 milímetros representarían 1.200/1.400 kilos de trigo”.
Por lo tanto, “el tema es cómo ajusto la secuencia del cultivo como para que aparezcan esos milímetros. Son decisiones importantes que repercuten en la producción”.
Los suelos
Tras dejar en claro la importancia del agua, planteó que para nuestra zona habría que dividirlo en dos grandes temas.
Primeramente, se refirió a “la importancia de conocer cómo es mi sistema de producción en cuanto al agua. La pregunta es: ¿Tengo disponibilidad de agua más allá del agua de las precipitaciones? ¿Dispongo de mapa? Tenemos parte de nuestro partido que puede llegar a tener área con napa. Jugamos un partido con la posibilidad de disponer de una reserva de agua que no viene por las precipitaciones o que no tengo que tener almacenada en el suelo. Es importante conocer la presencia de napa”.
López de Sabando destacó también cómo es ese suelo, al que se refirió como “un balde”.
“Tenemos mucha variabilidad en nuestra región y la profundidad de mi suelo me va a dar la capacidad del balde, o sea la capacidad de almacenar agua”, sostuvo.
Es que “groseramente se podría decir que por cada centímetro de suelo que tengo de impedancia para que crezca la raíz, tengo en el orden de 1,3/1,4 de capacidad de almacenar milímetros de agua. A modo de ejemplo, si tengo 100 centímetros de suelo, tengo de almacenar 130 milímetros de agua”.
Vinculó tal relación a que -grosso modo- “los cultivos de nuestra zona requieren del orden de 500 milímetros de agua durante su secuencia y cuento con suelos en nuestra zona que pueden almacenar en el orden de 250 milímetros de agua (pueden almacenar gran parte del requerimiento de cultivo) y otros que pueden almacenar de 60 a 80 milímetros de agua (requieren mucho de las precipitaciones posteriores y pueden almacenar poca cantidad)”.
Reiteró entonces la importancia del conocimiento de si existe alguna fuente de agua, como puede ser la napa, y los lotes de producción, especialmente su profundidad.
Estrategia
Más adelante, dejó en claro que hay factores que el productor puede manejar para mejorar ese “balde”.
“Esa relación de profundidad, de milímetros que puedo almacenar, no es lo mismo para un suelo que está bien estructurado que para uno que no lo está. En general, los suelos tienen la mitad como una parte sólida y la otra mitad es un espacio que da lugar al aire o al agua. Entonces, un cuarto de suelo puede almacenar agua, pero no es igual para todos los suelos. Los suelos que están mal manejados, mal estructurados, tienen un espacio de aire y agua que es más chico, ya que están compactados o afectados. Los suelos, que tienen una estructura más migosa, en general tienen más vida en el suelo y la porosidad es mayor, por lo que el espacio para almacenar agua y aire es mayor”, explicó.
Más delante, afirmó que “tengo capacidad de modificar moderadamente, el tamaño de mi balde”.
Agregó que otra cuestión que se puede modificar es, llegado el evento de precipitación que recarga el balde, “puede que esa agua caiga sobre un asfalto y no entre al suelo; o que caiga sobre una situación donde hay porosidad y pueda entrar. Eso lo puedo modificar. No cambia el tamaño de mi balde, sino la cantidad de agua que le va a entrar ese balde. Eso se asocia con cuestiones de relieve, que no puedo modificar; y otras de manejo, que sí puedo hacerlo”.
Acciones
López de Sabando se centró luego en las prácticas para mejorar para que “lo que llueva entre en el suelo y tener un balde un poco mayor, o sea con más porosidad que me permita almacenar más cantidad de agua”.
Relató que “son prácticas que, en general, el productor las tiene presentes y las considera”.
Entre ellas, mencionó la rotación, aclarando que no es para cualquier cultivo, sino que hay cultivos que son más voluminosos y tienen más capacidad de dejar que las raíces exploren, dejando porosidad y dando lugar a la formación de agregado para aumentar el tamaño de mi balde. Hay cultivos que generan un residuo en la superficie para que cuando se dé la precipitación caiga sobre él y no me afecte el suelo. sino que tenga un movimiento más lento como para que vaya infiltrando e incorporándose al suelo”.
También dijo que “la secuencia de cultivo, la rotación, es un aspecto clave. La incorporación de la siembra directa ha sido importante para poder mejorar”.
En otro momento, señaló que otra cuestión trascendente “es la sistematización. Cuando uno recorre algunos lotes en áreas donde hay importantes cambios de pendiente, empieza a ver que hay confección de terrazas, las que disminuyen la velocidad del escurrimiento y dan lugar a que esa agua entre el sistema”.
Todo ello genera “un círculo virtuoso para que cada vez que entra más agua al sistema crecen cultivos más vigorosos, que tienen más crecimiento de raíces y por ende generan más porosidad en el suelo. Por lo tanto, ese balde va mejorando en su situación”.
Recalcó que “tenemos algunas prácticas y el productor las considera, lo cual da lugar a más infiltración o a mejorar la capacidad de almacenar el agua”.
Los cultivos
El ingeniero agrónomo recordó que la gran mayoría de los cultivos de la región son de secano (no incorporan riego) y “el agua es el factor que define los niveles de producción. Nuestras decisiones de estructura (elegir el cultivo y fecha de siembra) están asociados a cuando se dispone de agua, y todas mis decisiones de manejo, también”.
En otro momento del diálogo, López de Sabando dijo que “no en todas las etapas del ciclo de los cultivos pasa lo mismo”.
Por lo tanto, “la elección del momento en el que se dan los principales aportes se va a modificar en función de los cultivos, pero en líneas generales podemos decir que siempre está asociado con el momento en que se da la floración”.
Acotó que “hay momentos que son un poco más sensibles, donde cualquier factor de estrés repercute en forma muy significativa en el rendimiento. En general, tanto para los cultivos de invierno -trigo, cebada o avena- como para los cultivos de verano -maíz o sorgo-, ese momento más crítico está asociado con el de la floración. Es un período, 20/30 días previos a ese momento y 20 ó 30 días posteriores”.
Ello se debe a que “en ese período se define el órgano que después vamos a cosechar. Es decir, qué cantidad de granos por individuo, por planta, vamos a tener. Es un momento que es en general de los más sensibles”.
“Tenemos ciertos niveles de nutrición en los suelos que nos permiten alcanzar niveles de producción que son aceptables; el productor aporta por lo general fertilizantes que ajustan la deficiencia que se pueden dar; y lo que nos define la producción es el agua. Si llueve entre octubre y parte de noviembre, es un muy buen momento para la definición de los cultivos de invierno. Si llueve en enero o febrero, es un buen momento para los cultivos de verano”.
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