Diagnóstico, datos y la "suspensión" urbana: la inteligencia territorial que exige Tandil
¿Es Tandil un auto de carreras corriendo sobre un terreno lleno de imperfecciones? Entre la ilusión del crecimiento y la necesidad de un desarrollo real, la clave está en pasar de la "intuición" a la inteligencia territorial: usar la planificación urbana, los datos abiertos y la visión de una salud adaptada a los 100 años de vida como la suspensión necesaria para no dividir a la ciudad en dos.
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"Pensar en grande" exige, antes que nada, dejar de adivinar.
Cualquier plan estratégico serio se reduce a tres pasos básicos: definir un norte (ambicioso, en lo posible), hacer un diagnóstico preciso de dónde estamos parados y trazar la hoja de ruta que reduzca esa brecha.
A priori, parece algo simple. Pero soy un convencido de que todos terminamos cayendo seguido en la trampa de tomar decisiones basadas en sensaciones, impresiones o simples deseos de ocasión. Hasta a veces, erróneamente lo llamamos “intuición” para nuestra complacencia.
En columnas anteriores venimos armando este símil rompecabezas. Hablamos de no mirar la ciudad por el espejo retrovisor ni ceder ante el "yo llegué primero"; debatimos el rediseño del centro a partir del Paseo del Banco; nos preguntamos si la escala de Tandil encaja dentro de sus propios límites; entendimos que no necesitamos solo un Centro de Convenciones aislado sino una estrategia integral; planteamos la urgencia de abandonar la lógica transaccional del "chorro de agua" para migrar hacia un modelo de suscripción basado en el goteo constante, el valor real y el nivel de servicio prestado en todos los sentidos; y remarcamos que el desarrollo real exige un acuerdo tripartito firme entre Estado, privados y tercer sector.
Pero como sostuve al plantear que "el caballo más rápido no siempre es el que gana", de nada sirve acelerar si no sabemos qué suelo estamos pisando.
Hace unos años, en una charla en la Cámara Empresaria, Rubén Daray, ex piloto automovilístico y ex conductor de “A Todo Motor”, hizo una pregunta al público que sonaba obvia, pero cuya respuesta casi nadie conocía: ¿Cuál es la función de la suspensión de un vehículo? Algunos arriesgaron respuestas sobre el confort o la altura, pero la respuesta técnica es lisa y llanamente una: mantener las ruedas en contacto permanente con el suelo (y esto lo agrego porque es relevante, reconociendo que lo busqué: “…disipando la energía de los golpes, garantizando la tracción en las curvas y asegurando que la carrocería no se destruya contra el asfalto”).
Esa metáfora es perfecta para entender la ciudad. Tandil necesita ser esa suspensión urbana.
La “carrocería” es nuestra estructura física y económica: los comercios, las universidades, los inversores, el turismo, la gestión pública, entre otros. El “suelo” es la realidad cotidiana, el terreno donde pisamos todos los días. Y la "suspensión" son los datos, la logística y la planificación inteligente que evitan que el vehículo vuele por los aires. Es la red invisible que mantiene en contacto constante y fluido al vecino con el vecino, al residente con el turista, al comerciante con el consumidor y al empresario con el gobernante.
Pero ojo. Sin querer —o sin darnos cuenta—, es muy probable que Tandil hoy cuente con la suspensión de un auto de carreras: extremadamente rígida y configurada para acelerar a fondo en el corto plazo.
Un auto de carreras va rápido únicamente sobre una pista perfecta, pero tiene un costo oculto enorme: consume su combustible de forma voraz, desgasta sus componentes a velocidad récord, transmite cada imperfección del camino como un golpe seco al chasis y exige un mantenimiento constante e insostenible. En nuestra ciudad pasa exactamente lo mismo.
Es cierto que para algunos este diagnóstico puede sonar como un escenario lejano o condicional —sobre todo si no sufren la falta de servicios, la conectividad deficiente o el pozo en la puerta de su casa—, pero debemos ser plenamente conscientes de que esa fricción es una realidad tangible que ya afecta a cientos de vecinos en distintos barrios (al igual que los afecta en otras ciudades de la región, desde ya).
Cuanto más rígida es esa suspensión, mayor es la tensión y la vibración que absorbe el chasis. Y esa rigidez no es otra cosa que la fragmentación social que hoy atraviesa a Tandil: cuando la estructura no cede, cuando prioriza la velocidad de unos pocos por sobre la resistencia de todos y no absorbe los impactos de manera flexible y equitativa, la fricción se vuelve insostenible.
Por eso, la gestión urbana no puede pensarse como una carrera de sprint. Para perdurar en el tiempo, Tandil no necesita aceleraciones explosivas, sino buscar confort de marcha, estabilidad, eficiencia y desarrollo de largo plazo.
Diagnóstico real: crecimiento no es desarrollo (y el rol de la plusvalía)
Para aflojar esa rigidez y lograr tracción real, el primer paso no es discutir proyectos aislados, sino diagnosticar con rigor técnico sobre qué estamos parados. Y acá debemos marcar una diferencia conceptual clave: crecimiento no es lo mismo que desarrollo.
En los últimos años, Tandil ha experimentado un crecimiento innegable en cantidad de habitantes, edificación y consumo.
Sin embargo, como bien plantea el arquitecto Pablo Bonavetti, ese crecimiento no se tradujo en un verdadero desarrollo urbano en infraestructura. El crecimiento es acumulativo y muchas veces desigual, pero el desarrollo es integral, genera valor estructural y es, por definición, para todos.
Acá es donde entra la verdadera responsabilidad del Estado: es su rol directo generar plusvalía para que el sector privado financie e invierta en infraestructura en conjunto con el sector público.
Como he planteado en columnas anteriores —al hablar de los límites de edificación sobre la cota 220 o la necesidad de normativas claras para preservar e intervenir fachadas patrimoniales—, cuando el Estado regula, da previsibilidad y crea valor normativo, el desarrollo privado se convierte en la palanca de la obra pública.
No es una carga, es un círculo virtuoso: si la comunidad crea las condiciones para que un terreno o corredor valga más, el privado que se beneficia debe cofinanciar el agua, la cloaca, el asfalto o la conectividad del resto de la ciudad.
Diseñar el diagnóstico desde los pilares de Tandil 2050
Para diagnosticar bien hay que elevar la vara.
Es que justamente el diagnóstico no debería hacerse mirando solo el presente, sino midiendo la brecha contra objetivos verdaderamente ambiciosos y disruptivos. Si no apuntás alto, cualquier indicador mediocre te parece un triunfo.
Los drivers estructurales (e iniciales) del proyecto Tandil 2050 están claros: Salud, Educación, Accesibilidad e Inclusión, Conectividad y Transporte, e Infraestructura y Medioambiente. Si tomamos las mejores referencias del mundo como benchmark, estos son algunos de los objetivos de máxima a los que podemos aspirar en cada área:
- Salud: Transformar de raíz el modelo sanitario para pasar de una lógica meramente reactiva (que espera a la enfermedad) a un sistema preventivo, longevo y segmentado por franjas etarias. Debemos asumir una afirmación incontrastable: vamos a vivir 100 años y las necesidades vitales, médicas y sociales a los 50, 60, 70, 80, 90 y 100 años no son las mismas. No se puede tratar a la adultez como un bloque homogéneo. También podemos posicionar a Tandil como la ciudad con la menor tasa de mortalidad y malnutrición infantil de la Argentina, combinando trazabilidad nutricional preventiva y telemedicina desde la primera infancia, al tiempo que estructuramos una red de salud por etapas que garantice autonomía, medicina predictiva y acompañamiento adaptado a cada década de la vida.
- Educación: Convertir a Tandil en el polo de retención y radicación de talento STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemática) más importante del interior, con programas de formación garantizada desde el secundario articulados con el ecosistema de la UNICEN, el sector privado y el Cluster Tecnológico.
- Accesibilidad e inclusión: Lograr la accesibilidad física y digital universal al 100% en el espacio urbano y edificios públicos, eliminando de raíz las barreras para adultos mayores y personas con movilidad reducida.
- Conectividad y transporte: Cobertura total de servicios básicos esenciales (agua potable, cloacas y gas) junto con una red multimodal de transporte colectivo e integrado que reduzca los tiempos de traslado de los barrios periféricos al centro a menos de 20 minutos. Esto exige repensar de raíz la lógica de los recorridos: hacer que el transporte público masivo acceda de forma eficiente hasta las periferias del casco central, liberando al microcentro de la saturación vehicular para promover una ciudad donde caminar sea la prioridad y donde se generen arterias de bicisendas e infraestructura para la micromovilidad en espacios urbanos que hoy parecen impensados.
- Medioambiente: Alcanzar la neutralidad de carbono y el 100% de tratamiento y valorización energética de residuos urbanos, protegiendo de forma innegociable nuestro cordón serrano. Para lograrlo, la sostenibilidad debe dejar de ser opcional: exigiremos a cada desarrollo privado una cuota explícita de responsabilidad ambiental. Esto significa que la aprobación de nuevos indicadores urbanísticos estará condicionada a tres requisitos concretos: la incorporación de arquitectura bioclimática adaptada a nuestro entorno natural, la gestión y tratamiento de residuos en origen, y la inversión obligatoria en energías renovables que aporten potencia a la red colectiva.
Son simplemente ideas (potenciadas con la tecnología, desde ya) de objetivos concretos, a los cuales hay que sumar muchísimos más y en los que los expertos en la materia podrán aportar.
Sucede que al poner metas de este calibre como norte, el diagnóstico deja de ser una lista de quejas y ayuda a construir una métrica exacta de todo lo que nos falta edificar.
De las reglas claras a la reciprocidad territorial
Esta mirada se conecta de forma directa con la batalla por la movilidad inteligente y la densidad para evitar que la ciudad siga fragmentándose. Como me mencionaba hace poco un conocido candidato a intendente de la ciudad, no podemos permitir que el crecimiento divida a Tandil en "dos ciudades distintas".
Para evitar esa fractura, debemos dejar atrás el egoísmo y los negociados cortoplacistas donde cada uno lleva agua únicamente para su propio molino. Cuando se intervienen y dotan de nuevos indicadores urbanísticos a corredores estratégicos —como ha sucedido con Avellaneda o Brasil—, la reciprocidad hacia la ciudad debe ser transparente.
Se trata de aplicar mecanismos de captación de plusvalía e instrumentos de financiamiento compartido: si el municipio incrementa la capacidad constructiva de un sector, una porción delimitada de esa valorización vuelve automáticamente en forma de un fondo fiduciario transparente para infraestructura en los barrios que quedaron más postergados.
Tablero de control: tres propuestas concretas para gestionar con datos
Para que esto no quede en una expresión de deseos sin sentido, llevar la inteligencia territorial y demográfica a la práctica requiere tres herramientas de ejecución inmediata:
- Plataforma abierta de datos urbanos: Un tablero de control público que consolide en tiempo real los datos de flujo vehicular, matriz de consumo, ocupación y servicios. Si el comerciante, el desarrollador y el funcionario ven la misma información, la toma de decisiones deja de ser intuitiva.
- Red de semaforización adaptativa y sensores de servicios: Implementar tecnología IoT (Internet de las Cosas) en los principales corredores y en la recolección de residuos. Ajustar los tiempos de semáforos por volumen real de tráfico, incorporar cámaras con inteligencia artificial para detectar y prevenir delitos, y optimizar rutas de recolección según el llenado de contenedores (y tiempo) podrá reducir el gasto operativo municipal enormemente.
- Observatorio demográfico y de longevidad 2050: Monitorear con lujo de detalle la curva poblacional sabiendo que la proyección de vivir un siglo no es una fantasía sino una tendencia real. Hacia el 2050, 1 de cada 4 personas en Latinoamérica tendrá más de 60 años, y en Tandil la atracción por nuestra calidad de vida potenciará ese fenómeno. Este observatorio debe abandonar las categorías rígidas para entender que las necesidades urbanas, médicas, de esparcimiento y de vivienda a los 50 años (etapa productiva), a los 70 (autonomía activa) o a los 90 años (cuidados adaptados) requieren respuestas radicalmente distintas. Necesitamos anticipar ese cambio estructural del sistema de salud y de la trama urbana a la par de la constante migración joven atraída por la UNICEN (u otras universidades, llegado el momento), antes de que la revolución demográfica nos desborde.
Pasar de la idea a la acción
¿Quién financia este salto de calidad? El sector privado y el sector público, con la anuencia e integración activa del Tercer Sector. Si hay transparencia, métricas claras y ejecución limpia, la inversión vuelve. Siempre.
Es hora de cortar con el “esto ya se intentó y no funcionó”. Lo que no funcionó pertenecía a otra prehistoria tecnológica, a otro contexto y a otros actores, por sobre todas las cosas.
Si la planificación, los datos y la logística son esa suspensión que mantiene pegada a nuestra comunidad al camino para que no se destruya: ¿cuál es hoy la carrocería, qué tan rígida sentís esa suspensión y qué suelo querés que pisemos en el 2050?
Te invito a sumarte a este debate y aportar tus propuestas en www.tandil2050.com.
Hasta la próxima columna.
Director de Grupo Rotonda. Impulsor de Tandil 2050.