La historia del malambista que puso a La Movediza en lo más alto
El reconocido bailarín tandilense Sergio Migon repasó su carrera en el ciclo de Bici Productora y El Eco Multimedios.
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Sergio Migón, vecino nacido y criado en el barrio La Movediza, se consolidó como una de las figuras más relevantes de la danza folclórica local tras años de una búsqueda artística constante. Su camino comenzó en el año 2000, cuando la Peña Amaiké resurgió en su barrio bajo la dirección del profesor Ricardo Casal. Junto a un grupo de amigos, Migón cambió las canchas de fútbol por las tablas del escenario, atraído por una curiosidad que pronto se transformó en una vocación de vida.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailEn sus declaraciones, el malambista recordó que lo que inicialmente lo sostuvo en la actividad fue el sentido de comunidad y el grupo de pertenencia que se gestó entre los chicos del barrio. Con el paso del tiempo, la observación de grandes referentes que llegaban a Tandil para participar de los festivales despertó en él un deseo de “zapatear así”. Esto se convirtió en el motor que lo llevó a profesionalizarse, entendiendo que el malambo demandaba no solo talento, sino una disciplina física y mental.
Además de su faceta como intérprete, Migón desempeña una labor docente en el Centro Tradicionalista y en Quebracho Ballet, además de preparar a aspirantes de diferentes puntos del país. Para el bailarín, la enseñanza es un proceso de intercambio constante que permite cuidar el patrimonio cultural. “Se trata de cuidar la imagen de esa gente que existió en ese momento, con sus modos de bailar y su música”, explicó.
La complejidad técnica y el desafío del escenario
Al explicar las particularidades de su arte, el campeón provincial detalló que, si bien el malambo permite una mayor libertad de expresión y creación que la danza tradicional, requiere un estado físico impecable debido al desgaste que genera. El jurado en las competencias evalúa no solo la calidad técnica y la música, sino también la capacidad del artista para traspasar el escenario y conectar con el público.
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Migón señaló que la mayor dificultad reside en la simetría: “lo que se hace con un pie, tenés que tratar de volver para el otro de la misma forma”, una exigencia que pone a prueba el carácter y la templanza del malambista. Para el bailarín, estar arriba del escenario es un acto de honestidad brutal donde no hay espacio para la simulación. Aseguró que en esos minutos de actuación se refleja toda la vida, los miedos y el trabajo acumululado.
El artista describió la experiencia como un hecho artístico que busca alimentar el espíritu del espectador a través de un intercambio de energía. Tras años de preparación, el bailarín logró desarrollar la frialdad necesaria para concentrarse en su técnica, dejando las emociones para el final de la actuación, cuando el agradecimiento y el desahogo se hacen presentes tras el esfuerzo realizado.