Un relevamiento del Inta planteó el potencial exportador y enoturístico de la región sudeste
La viticultura en la provincia de Buenos Aires ha dejado de ser una curiosidad para transformarse en una realidad productiva con perfiles claramente diferenciados.
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Un reciente y exhaustivo relevamiento realizado por la Agencia de Extensión Rural Balcarce del INTA, en colaboración estratégica con la Agencia Tandil, la Estación Experimental de Balcarce y la Facultad de Ciencias Agrarias, ha puesto cifras y nombres propios a esta expansión.
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El estudio no solo confirma el crecimiento de la superficie implantada, sino que además identifica las variedades que mejor se adaptan al clima atlántico y serrano, así como los modelos de negocio que impulsan a los productores locales.
La investigación liderada por especialistas de la zona arroja datos contundentes sobre la escala actual del sector. Según explicó Silvia Sepúlveda, de la Agencia de Extensión Rural Balcarce, el estudio permitió determinar que existen actualmente "112 hectáreas destinadas a la producción vitivinícola de las cuales 93 hectáreas están implantadas" en el sudeste bonaerense. Este número representa una base sólida para una industria que busca consolidar su identidad en el mapa vitivinícola nacional.
El relevamiento detectó una asombrosa diversidad biológica en los viñedos, registrando un total de 30 variedades distribuidas en la región. Sin embargo, la balanza se inclina notablemente hacia un perfil específico de producción: "predominan las cepas blancas con más de un 40 por ciento" del total. Entre este universo de variedades blancas, las que muestran un mejor desempeño y mayor presencia son el Chardonnay, la Glera y el Sauvignon Blanc.
Por el lado de las tintas, aunque en menor proporción frente al avance de las blancas, el Pinot Noir surge como la cepa más destacada por su adaptación y calidad. El informe resalta la importancia estratégica de estos cuatro nombres propios (Chardonnay, Glera, Sauvignon Blanc y Pinot Noir), ya que "son las que ocupan un 60% de la implantación y también son las que generan un mayor rendimiento" económico y productivo para los establecimientos relevados.
La disparidad regional
Uno de los hallazgos más interesantes del trabajo de campo coordinado por el INTA es la marcada diferencia en la organización productiva según la ubicación geográfica de los viñedos. Gina Lipka, integrante de la Agencia de Extensión Rural del INTA Tandil, detalló cómo la estructura de los emprendimientos cambia radicalmente a medida que el observador se desplaza desde las sierras hacia la costa.
En total, se identificaron 24 establecimientos que ocupan unas 102 hectáreas, pero su distribución no es uniforme.
La zona de Tandil se caracteriza por una "fuerte atomización de los establecimientos", contando con aproximadamente 15 unidades productivas. En esta ciudad, la viticultura se define como una actividad "en proceso de consolidación", con una superficie media por productor de apenas 2,5 hectáreas.
Este pequeño tamaño de las parcelas en Tandil ha condicionado el modelo de negocio, volcándolo hacia una integración con otras ramas de la economía local. El rasgo distintivo en la zona serrana es "pensar el desarrollo productivo, el desarrollo vitivinícola asociado a otras actividades como es la promoción del enoturismo". Así, el vino en Tandil no solo se vende como un producto en botella, sino como parte de una experiencia sensorial vinculada al paisaje y al turismo regional.
Escala y mirada al exterior
Al alejarse de Tandil y avanzar hacia el partido de General Pueyrredón y la zona de Balcarce, la dinámica cambia significativamente. Aunque el número de establecimientos disminuye, la superficie concentrada por cada uno de ellos crece de manera notable. En Balcarce, la mediana de los viñedos se sitúa en torno a las tres hectáreas, pero es en General Pueyrredón donde se encuentra la diferencia más disruptiva.
Los establecimientos en la zona costera de General Pueyrredón rondan las 18 hectáreas de media, una cifra que Gina Lipka califica como una "diferencia sumamente significativa" respecto al resto de la región. Esta mayor escala responde a una lógica productiva y comercial completamente distinta a la de los pequeños productores atomizados de las sierras.
En esta zona, la organización productiva está claramente "orientado hacia un mercado externo". Los testimonios recogidos por los técnicos del INTA dan cuenta de una clara vocación exportadora, con botellas que ya tienen como destino mercados internacionales de alta exigencia, tales como Canadá, la Unión Europea y los Estados Unidos. Este fenómeno es exclusivo de las zonas con mayor concentración de superficie, ya que no se observa en los establecimientos de menor escala en Balcarce y mucho menos en el modelo enoturístico de Tandil.
Un sector en movimiento
El informe del INTA y la Facultad de Ciencias Agrarias deja en claro que el sudeste bonaerense posee una viticultura vibrante y heterogénea. Mientras que las cepas blancas y el Pinot Noir lideran la adaptación técnica con altos rendimientos, la estructura del negocio permite la convivencia de dos mundos: por un lado, el del pequeño productor que dinamiza el turismo regional; por el otro, el de las fincas de mayor envergadura que ya compiten en góndolas extranjeras.
La consolidación de estas 112 hectáreas marca el inicio de una etapa donde la especialización en variedades como Chardonnay, Glera y Sauvignon Blanc será clave para mantener la competitividad y satisfacer tanto al turista nacional como al exigente mercado externo.
El trabajo conjunto entre las agencias de extensión y los productores locales sigue siendo el motor fundamental para que las vides bonaerenses sigan ganando terreno y prestigio.
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