Elías El Hage imaginó un Tandil 2050 con más diálogo, memoria y sentido de comunidad
El escritor sostuvo que el principal desafío de la ciudad pasa por recuperar las "vecindades activas" y fortalecer el compromiso colectivo.
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Elías El Hage construyó buena parte de su obra literaria a partir de Tandil: La ciudad fue escenario, materia prima e inspiración de los libros con los que retrató su historia cotidiana, sus personajes y sus transformaciones.
En una nueva entrevista del ciclo Tandil 2050, conducido por Rodrigo Rotonda, el escritor repasó ese recorrido y reflexionó sobre los cambios que marcaron el crecimiento local, desde la llegada de nuevas corrientes migratorias hasta el desarrollo del turismo, la universidad y las tecnologías del conocimiento como motores de una nueva identidad urbana.
Como es habitual en el ciclo, El Hage aceptó el desafío de colocarse el casco de realidad virtual para imaginar el Tandil de 2050.
Más que hacer un pronóstico, eligió expresar un deseo: una ciudad con menos tránsito y más bicicletas, capaz de preservar las huellas de su pasado, recuperar la conversación pública y fortalecer los lazos entre vecinos.
También advirtió sobre los riesgos de una sociedad cada vez más mediada por la tecnología, defendió el valor de la imaginación como punto de partida para pensar el futuro y sostuvo que el crecimiento solo será sostenible si logra sostener el sentido de comunidad y la confianza que, a su entender, todavía distinguen a Tandil.
-Hoy tengo el placer de presentar a una persona que tiene el desafío de seguir escribiendo la historia y el progreso de nuestra querida Tandil. Para quienes no te conocen, ¿quién es Elías El Hage?
-Soy una persona que lee y que escribe.
-Una persona que encontró una pasión en la escritura…
-Y en la lectura. Primero en la lectura y después en la escritura. Y también una pasión por la ciudad, lo cual no fue naturalmente instantáneo; me costó bastante aprehender lo que tiene que ver con la ciudad y después también encontrar lo que a mí me ayudó muchísimo, un desplazamiento entre caminar, recorrer, conocer la ciudad y hacer de ella lo que los escritores llamamos una zona narrativa, una zona literaria.
-¿Hoy lo es Tandil?
-Para mí sí, en el sentido de que me convertí en un escritor profesional, dicho con toda la modestia y la ubicuidad; estoy en mi ciudad, no estoy en ningún otro lado, pero la ciudad es la cantera para la piedra que yo trabajo día a día. Y en ese sentido es una ciudad que quiero y que conozco. Y la quiero con todos sus matices, sus chispazos, sus oscuridades, la aprendí a querer así, como un buen amor, tengo un buen apego con la ciudad y me ha dado la materia de lo que he podido escribir en todos los géneros en los que he trabajado: En las ficciones, en los cuentos, hasta en una novela y en lo que tiene que ver con quiénes me contratan para los libros por encargo. Ser una suerte de favorecedor de libros es un título que me gusta mucho. Yo he escrito desde crónicas, relatos, anécdotas, pequeños ensayos, libros de historia, de gastronomía, de empresas y siempre, de alguna u otra manera, está la quintaesencia de la ciudad. Soy un agradecido porque no podía haberlo hecho en otro lado que no fuera una ciudad intermedia como es Tandil. Por ahí si hubiera tomado la decisión de irme a mis 20 años, otra hubiera sido la historia. Hay datos de la Cámara del Libro que aseguran que esta es la ciudad del país con más producción editorial local. Y ni hablar de la gente que escribe. Hoy publicar es más fácil, ya tecnología ayudó mucho. Hoy quien quiere publicar no tiene escalar el Everest, ni siquiera ir hasta la cima de Las Ánimas. Hoy se imprime a demanda, es decir que si uno quiere tener un libro, puede decir: "Haceme 38 libros". Cuando yo empecé no podías bajar de 500, 1.000 libros. La tecnología ha ayudado en mucho y también ha complicado algunas cosas para los que creemos que la escritura sigue siendo una tarea artesanal, manual, hecha del aprendizaje que es la lectura. Pero es como todo: yo venía para acá pensando en una anécdota del año 1880 que involucra al primer intendente que tuvo la ciudad, un tal Duffau. Cuando llegó a la Intendencia, Duffau propuso a todos los vecinos de las inmediaciones de la Escuela Normal -4 de Abril, Alsina- llevar el empedrado a esas calles que eran de tierra. Y los vecinos le mandaron una carta terrible diciendo que ellos querían seguir viviendo en la calle de tierra, que de ninguna manera se lo aceptaban. Duffau se deprimió y pidió licencia, pero después volvió y lo hizo. Siempre tomo esa anécdota, que es casi fundacional, porque generalmente la actitud ante la ante lo nuevo es el rechazo.
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-Dijiste que no sos historiador, pero sos quien escribe todos los días escribe y hace historia. En línea con eso. ¿A qué crees que se debe el éxito actual? Si se lo puede definir como éxito -que creo que sí- de nuestra ciudad.
-Hay un montón de razones. Primero, a lo que impuso el nuevo siglo. El nuevo siglo -el XXI-, entrecruzó o reformó de alguna manera lo que tenía que ver con la identidad de la ciudad y la identidad propia de los vecinos. Hubo a partir de 2000 una suerte de tercera o cuarta gran inmigración por goteo, que todavía sigue llegando, de gente preferentemente de Capital Federal que se radicó en la ciudad. Y empezó a fusionarse ese nuevo vecino porteño que llegaba a la ciudad con el vecino que era nativo, el nacido y criado. En esa simbiosis aparece, para mí, el nuevo patrón identitario. Y eso cambia absolutamente todo porque aparece el concepto de globalización. El principal factor que tiene que ver con una ciudad de éxito es la nueva inmigración, las tecnologías del conocimiento como la universidad, el cambio de formato industrial, el auge del turismo. El turismo produce un cambio extraordinario, se quiebra la estacionalidad. Obviamente que no se hizo en un año o en dos o en tres, pero ya para el 2010 la ciudad tenía complejos de cabañas muy buenos, hotelería muy buena y después ya la marca Del Potro de 2009 y ciertos mitos exitosos, como el mito de que esta ciudad es la capital del tenis. Esa es una reversión del mito apócrifo del aire balsámico. En las primeras décadas del siglo XX venían los enfermos porque les habían prescripto por receta médica que el aire de Tandil era curativo. Llegaron decenas, centenares de personas, que venían a curarse los bronquios o las enfermedades pulmonares, entre ellos Witold Gombrowicz, que llega por eso a Tandil y crea lo que crea después como escritor. Y a la vuelta del siglo otra vez el aire, el cosmos, de lo que creó Pérez Rolán, que es la escuela de tenis del Club Independiente.
-¿Cuál es la otra cara de la moneda de Tandil?
-La otra cara de la moneda es la fragmentación social, la fractura social, lo que va quedando fuera del modelo del éxito, el desastre, el desquicio, el manicomio a cielo abierto del tránsito. Es otra cara totalmente previsible, por otro lado. Por supuesto que hay sectores a los que no les tocó esta suerte de bienestar, pero si mirás todos los estándares de calidad de vida, creo que estamos en un nueve por ciento de pobreza. Sigue siendo baja. Pero obviamente hay sectores que todavía son una deuda pendiente.
-Y para que la moneda siempre caiga del lado positivo, ¿qué crees que como ciudadanos estamos a tiempo de hacer?
-Para empezar, tener una creencia absoluta en el concepto -que no es mío- de vecindades activas. Esto: formar un grupo de gente, fundar una idea, crear un lema. Que las vecindades activas vuelvan a tener un rol de discusión de las políticas de la ciudad. La nueva inmigración está bastante desprendida de todo lo que fue la vieja inmigración que estuvo muy comprometida con la ciudad: los españoles que donaron el Castillo Morisco, los italianos que donaron la Portada del Parque, todo lo que es la tradición de las colectividades no solo como entidades que nacieron para proteger a los que estaban y a los que iban a venir, sino que se involucraron, se acriollaron y tomaron parte de la cosa pública, exactamente como otros vecinos que estaban aquí, como los que los recibieron. Hoy las nuevas inmigraciones tienen una falta de apego, de arraigo. Hay una ausencia del concepto de vecindad activa; ahí estamos un poco rengos. A mí me parece fantástico que la gente que venga a Tandil se radique, haga negocios, gane plata, no hay ningún problema. Nuestra referencia son nuestros padres y nuestros abuelos, que tenían su gen inmigrante, pero después lo que hicieron, lo hicieron acá. La dejaron acá, la pusieron acá y crearon ese núcleo de vecindad. Yo creo que eso falta hoy.
-¿Por qué crees que el que viene no logra tener ese sentido pertenencia?
-Yo tengo muchísimos lectores que son de Buenos Aires, no son amigos, pero para mí con un lector hay una categoría de relación de amistad, aunque no lo vea o por ahí no lo conozca. Y ellos en principio establecían algo que era cierto, que era la dificultad de trasplante, que duraba más o menos lo que tardábamos en darle el DNI local. Duraba dos, tres, cuatro, cinco años hasta que se asimilaban.
-Una sociedad cerrada…
-Muy cerrada. Lo cual no es ni un defecto, ni un atributo, ni una condición ‘sine qua non’ de Tandil. Un gran amigo mío, Aníbal Tuculet, un tipo extraordinario que falleció hace 20 años, un productor agropecuario y librepensador que pasaba temporadas en Europa. Y viviendo en York me escribía y me decía: "He encontrado una sociedad más cerrada que Tandil”. Me contó una anécdota: dijo que por fin logró que un vecino lo invitara a cenar, cosa absolutamente infrecuente allá. Destapó una botella de vino, se sirvió, le sirvió y puso la botella de vino en el piso. Y se terminó su vaso y se terminó el vino. Tandil era una ciudad cerrada pero esto ha cambiado absolutamente.
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-¿Hoy considerás que no es una ciudad cerrada?
-No, en la tasa demográfica es más la gente que llegó y se asentó que los nativos, que los nacidos y criados. Y hay una reformulación de la identidad de la ciudad, en este momento fortísima, en lo que tiene que ver con sus usos y costumbres, con qué representa vivir acá o ser de acá. Tenía que pasar, yo creo que los procesos -nos gusten o no- llegan y alguien los hace y ya todos esos tics, usos y costumbres de pueblo grande no están más. En el barrio no te conoces con nadie. Yo vivo desde hace 15 años en el mismo lugar y no conozco a nadie. No conozco a nadie como los conocía a todos, casa por casa, en mi barrio de infancia. La noción de barrio también es algo perdido. No lo digo tangueramente ni nostálgicamente, lo digo como un dato.
-Vamos a ponernos el casco y quiero que me digas qué ciudad ves en el 2050. ¿Cómo está Tandil?
-En el 2050 yo no sé cómo la veo, te digo lo que deseo. Yo desearía que no hubiera un solo auto en las cuatro avenidas, que la gente se manejara en bicicletas, que fuera realmente la ciudad de los 15 minutos como París. Desearía también una ciudad en la que todavía quedara algo de las huellas del pasado en la memoria urbana de la ciudad. Como nosotros podemos referenciar a Antonino: vemos un bar, pero sabemos que estamos viendo la figura del viejo Antonino, su librería. Me gustaría que algo del pasado quedara como referencia. Y que fuera una ciudad más tolerante, con mayor capacidad de entender las ideas del otro, que se volviera a la conversación pública como hacían los griegos, que en la plaza debatían todo. No es la vanidad de lo local; yo creo en el amor por la ciudad, que es algo muy distinto.
-¿Cómo ves en ese 2050 el arte de la escritura? ¿Cómo se ve en Tandil? ¿Cómo se materializa?
-Hay mucha gente que hoy escribe y supongo que va a haber cada vez más gente que escribe y cada vez menos gente que lea. Esto es lo que está pasando. No me imagino una ciudad repleta de escritores; como está todo muy mediado por la tecnología, por todo lo que es la IA, creo que se va a llevar al oficio a ese terreno. Va a ser muy extraño ver un tipo escribiendo en un bar sin que piensen que vino de Júpiter. Yo puedo decir que viví los mejores años de mi ciudad en las últimas décadas del siglo pasado, pero no lo digo ni por melancolía, que es una forma bastante patológica de la tristeza, ni por nostalgia, que es una forma muy rudimentaria del falso recuerdo. La nostalgia es una emboscada que hay que evitar siempre, porque te hace ver, te hace creer que viviste una cosa que no es. Yo prefiero a esa ciudad –la de los ’70, ’80, ’90- por la sencilla razón de que éramos jóvenes. Podemos acordar con Borges en que ser jóvenes es literalmente ir hacia la desdicha, pero yo la pasé fantástica. Íbamos a recitales, estaban todos nuestros amigos vivos, estaban nuestros padres vivos y no teníamos absoluta conciencia de para dónde iba a ir la ciudad ni nosotros. Pero esa incertidumbre que muchas veces causa ruido para nosotros era un placer. Yo espero que en el 2050 esa plenitud que te da la juventud, las ganas, las ideas y todo eso esté plenamente vivo en todos, que haya una ciudad menos robótica; es casi un milagro lo que estoy pidiendo porque pronto van a operar los robots. Muchas esperanzas no tengo, pero lo bueno en tu caso es que haya una generación que esté pensando. Porque pensar no es solo pensar; hay un paso previo al pensar cuando a vos se te ocurrió esta idea que es un paso narrativo, es un paso literario, es el paso indispensable, que es el imaginar. Después pensás, pero primero imaginar, crear en tu cabeza una composición donde en ese momento no hay nada y vos estás creando un todo. Ese paso, el de la imaginación indispensable en cualquier acto de la vida, es el punto de partida para ver qué ciudad vamos a ver en el 2050. A mí me gustaría que conservara el margen de ciudad segura, que hoy lo es. Hay hechos policiales pero sigue siendo una ciudad segura. Acá cada uno puede ir al lugar que quiera y decir: "Yo acá entro como en mi casa”. Yo puedo ir a todos los bares de Tandil y, si no tengo plata, el café me lo voy a tomar igual. Que tuviera todavía ese puente entre los unos y los otros que está hecho de la confianza y de las vivencias en común que incluso es más que generacional.
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