Jessica Oyarbide y el desafío de pensar empresas que generen un impacto positivo en el planeta
La impulsora de negocios sociales y ecosistemas de impacto planteó la necesidad de articular a empresas, Estado, organizaciones y academia para construir una ciudad que priorice a las personas y al planeta.
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Pensar el Tandil de 2050 implica, para Jessica Oyarbide, revisar las formas en que hoy se toman decisiones y el impacto que esas decisiones generan en la sociedad y en el ambiente.
Impulsora de negocios sociales y de espacios de articulación vinculados al impacto, la cofundadora de Ekhos -desde donde conecta India, América Latina y el Reino Unido-sostiene que las empresas tienen un papel central en ese proceso, pero que el desafío requiere también de la participación coordinada del Estado, las organizaciones sociales y el ámbito académico.
En su mirada, una empresa social combina el propósito de una ONG con un modelo de negocio que busca sostenerse económicamente a través de la venta de productos o servicios, mientras que el Estado debe funcionar como un actor del ecosistema, generando políticas, incentivos y condiciones para que esas iniciativas puedan desarrollarse.
En Tandil, la también fundadora de Marcas que Marcan, reconoció la existencia de distintas iniciativas y destacó el trabajo de la Mesa de Impacto -un grupo interdisciplinario que impulsa el ecosistema de empresas y emprendimientos local-, aunque advirtió que todavía falta generar espacios en los que diferentes sectores puedan encontrarse para desarrollar soluciones en conjunto.
De cara a 2050, Oyarbide imaginó una ciudad con mecanismos de protección de sus espacios naturales, una educación accesible, organizaciones sociales capaces de desarrollar modelos sostenibles y empresas que midan y reporten sus criterios de sustentabilidad e incorporen negocios de impacto a sus cadenas de valor.
Pero identificó una preocupación transversal: la desigualdad y la falta de expectativas de futuro, incluso entre jóvenes con acceso a oportunidades educativas.
La entrevista forma parte del ciclo Tandil 2050, impulsado por Rodrigo Rotonda, director de Grupo Rotonda, y propone así una conversación sobre las transformaciones necesarias para que ese futuro no quede solamente en una aspiración, sino que empiece a construirse a partir de las decisiones del presente.
-Para quienes no te conocen, ¿quién es Jessica Oyarbide?
-Te diría que una persona multifacética. A mí lo que me hace sentido es promover los negocios que no tienen solo un fin lucrativo, sino que buscan resolver o mitigar problemas que nos preocupan y poder generar las condiciones para que ese tipo de negocios puedan prosperar. Dicho de forma sencilla: Lo que hago es, básicamente, acompañar a las personas a que puedan conectarse; primero, con su propio propósito para ver de qué forma voy a aportar y, segundo, conectarse con otros que los puedan apoyar o impulsar a través de redes, de diferentes organizaciones en las que estoy, que impulso.
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-Y no solo en Tandil…
-Y no solo en Tandil. De hecho, un mea culpa de hace muchos años es que me tengo que involucrar más con lo que está sucediendo acá. Trabajamos mucho a nivel Argentina, a nivel regional. Estoy involucrada en varias organizaciones globales que promueven las empresas sociales, que son este tipo de negocios. Entonces, me queda todavía lo último, que es poder trabajar más acá.
-Sos una persona a la que su profesión o pasión le permitió conocer otras realidades. Una de esas realidades, por ejemplo, es India. Vos me dijiste: ‘India es tremendo’. ¿Qué podemos traer para nuestro ecosistema de India? ¿Qué es lo que hay? ¿Qué es lo que está pasando?
-Hay muchísimo. Hay una frase que me dijeron y que me encanta, y es que ‘todo lo que te digan de India es verdad y lo contrario también’. Es un país que es un subcontinente en sí mismo, porque es tan grande y tan diverso que entre el norte y el sur no se entienden porque hablan distinto idioma, por ejemplo, y tienen más de 1.600 millones de habitantes. Eso como para que dimensionemos, porque a veces uno compara India con Argentina nomás y la India es solamente comparable con América Latina como continente. India tiene un ecosistema muy desarrollado. ¿Por qué? Porque en India, en la etapa postcolonización sobre todo -fueron colonizados por Inglaterra-, quedó una brecha social muy grande, una desigualdad enorme y muchísimas personas viviendo en una situación de pobreza muy compleja. Entonces el gobierno pidió dinero al Fondo Monetario Internacional y el Fondo Monetario, en vez de decirle, ‘sí, se lo vamos a dar a ustedes’, les dijo: "Se lo vamos a dar a las ONGs". Porque las ONGs eran las que estaban en la primera línea tratando de resolver los problemas sociales gravísimos que había en esa época, que tenían que ver con servicios básicos. Y las ONGs dijeron: ‘Bueno, no vamos a tener este dinero toda la vida. Entonces, ¿por qué no nos convertimos en un negocio social que pueda seguir resolviendo estos problemas en el largo plazo?’ Eso generó que hoy en día India sea una cuna de innovación social. Cualquier tipo de problema social o ambiental que a uno se le cruce por la cabeza, en India hay miles de ejemplos de empresas sociales que están resolviéndolos de forma muy exitosa, y es un lugar en donde conviven una gran diversidad de personas, de culturas, de religiones, con mayores o menores niveles de armonía dependiendo del momento, pero que logran paso a paso, y año tras año, sacar a millones de personas de la pobreza. Cuando miramos los problemas que tiene India, son exactamente los mismos que tenemos en América Latina: Falta acceso a educación, a vivienda, a crédito, a lo que se nos ocurra. Y la forma de resolverlos también hace sentido aprenderla porque son caminos que también podemos transitar acá. Vemos en India muchos paralelismos y es por eso que cuando nosotros empezamos a trabajar para conectar, vimos que había muchas oportunidades de trabajo en conjunto. No solo aprender sobre cómo están resolviendo problemas, sino de qué forma construyeron esas condiciones para que hoy haya tantos negocios que resuelvan esos problemas. Y agrego: con una mirada muy profunda. Porque India es también cuna de espiritualidad. Muchos hablan de irse a India a encontrarse con uno mismo. India tiene más de 7.000 años de legado espiritual y eso permea dentro de ese ecosistema de impacto. No es solo mirar a los negocios por el negocio en sí mismo y por el resolver la problemática, sino es ver desde qué ángulo miran las cosas y miran, en definitiva, la vida.
-Dijiste un montón de cosas interesantes, pero voy a algo puntual. Hablaste de empresa social. ¿Qué es una empresa social?
-Una empresa social es un negocio que nace con el mismo corazón de una ONG porque quiere resolver o mitigar una problemática social o ambiental que tiene que ver con cuestiones de exclusión o de falta de acceso, y que genera un negocio, que vende productos o servicios. No busca donaciones o subsidios, sino que busca hacerlo sostenible económicamente; es como que está en el medio. Es un modelo organizacional que se llama híbrido, que mezcla el corazón de la ONG y la cabeza de la empresa.
-Y el Estado no entra ninguno de estos tres, pero ¿podría verse como una ONG, como una empresa social? O ¿cómo te gustaría que fuera una empresa?
-El Estado es parte de todo ese conjunto de actores que está alrededor de la empresa social. Es un actor del ecosistema que es fundamental, que tiene un rol muy fuerte: El de acompañar a construir política pública, incentivos, apoyo para que ese tipo de negocio pueda prosperar, pero por como nosotras lo observamos, es un actor del ecosistema. Ahora -y esto pasa mucho en algunas provincias y lugares específicos-: a veces el Estado sale a competir. Estamos ahora haciendo un mapeo de polos de innovación social en Argentina, que es un proyecto de la Unión Europea y de la Organización Internacional de Comercio, y nos encontramos en muchas entrevistas con una gran frustración por parte de actores del ecosistema de Argentina, que por ahí son consultoras o jugadoras de negocio, porque el Estado sale a competirles. Cuando el gobierno no puede entender bien su función dentro del ecosistema o quiere sobrehacer cosas que por ahí no le competen, termina generando esa rispidez. En cambio, cuando vemos ecosistemas que funcionan muy bien, el Estado articula perfectamente con las organizaciones, tanto con las empresas sociales como con los otros actores. El Estado es un ente fundamental en este ecosistema.
-Y ¿cómo ves a Tandil en ese sentido? En cuanto a lo que sería el tercer sector…
-Mi paréntesis es que yo todavía no me involucré totalmente activa, o como a mí me gusta: Con datos, certezas, números y conocer de primera mano. Sí considero que, con la Mesa Impacto de Tandil que hemos armado hace un par de años, hemos logrado crear un grupo bastante multidisciplinario.
-Contá brevemente qué es la Mesa de Impacto.
-Es, básicamente, un espacio en donde se conectan personas que estamos trabajando en este ecosistema, desde distintos roles: Personas que vienen más del mundo académico, emprendedores, personas que han ido cambiando roles y que ahora están en el Estado. Lo que hemos hecho, a lo largo de estos años, es generar espacios para visibilizar la importancia de hacer negocios con impacto y para concentrar o juntar al ecosistema a empezar a abrir conversación en estas temáticas. En los últimos dos años –no en este último pero sí en los anteriores-, hemos hecho, por ejemplo en el marco de Flama, talleres en donde capacitamos e hicimos espacios para intercambiar sobre negocios con impacto. El año pasado -vos participaste- hicimos un community heard, que era un espacio que se abrió en el marco del Foro Internacional de Empresas Sociales, en donde lo que buscamos es generar conversación en torno a los negocios con impacto y al ecosistema que tenemos. En ese sentido, veo que hay muchas iniciativas que se están haciendo desde distintos sectores dentro de lo que es gubernamental, pero no veo todavía un espacio en donde se impulsen los negocios con impacto. Sí, creo que hay bastantes mesas de articulación, en donde está el sector ONG por un lado o el sector privado por otro, pero todavía no veo espacios en donde estos sectores puedan cruzarse para trabajar en conjunto o para desarrollar soluciones. Quizás los hay, pero yo por lo menos todavía no me metí tanto.
-Y si no los hay, hay que crearlos.
-Sería interesante. Quizás no es el rol solo del Estado, porque a veces también le pedimos mucho al Estado en Argentina, sobre todo si comparamos con otros países. Pero sí quizás crear los incentivos para que ese ecosistema pueda esperar. El ecosistema de impacto en América Latina depende mucho, en general, de fondos internacionales. No digo las empresas en sí, sino los actores que acompañan estas empresas, las incubadoras, las consultoras, las aceleradoras, la academia, por ejemplo. Había un gran capital disponible en el ecosistema de fondos privados y públicos. Había mucho que venía de Estados Unidos. Cuando entró Trump a la administración, cerró una agencia muy grande que se llamaba USA, que es apoyo del gobierno de Estados Unidos para construir ecosistema de impacto. Eso iba a ciertas organizaciones y esas organizaciones luego lo distribuían a otras ‘de segundo piso’. De un día para el otro eso desapareció y el ecosistema en toda la región empezó a tambalear, no solo porque Trump decidió hacer ese cierre, sino porque de repente había temas como cambio climático, como género y diversidad que pasaron a ser casi una mala palabra. Hay personas que han tenido que cerrar LinkedIn por miedo a ser perseguidas, y eso fue como un derrame en toda la región donde las empresas que daban fondos para ese tipo de proyectos también lo cortaron por las dudas de que tuvieran alguna sanción o algún problema. Eso, sumado a que en Argentina los fondos que había disponibles para el ecosistema de impacto, o muchos de los fondos que había desde el sector privado, se cortaron, también de un día para el otro. Entonces quedó un ecosistema muy frágil y muy fragmentado. El poco capital que hay disponible -que a veces viene de industrias muy extractivistas y eso al ecosistema le duele un poco- se las tiene que rebuscar constantemente. Creo que es cuestión de generar el marco para que ese apoyo llegue, para trabajar mejor en conjunto y no tener que estar luchando por sobrevivir. Hoy hay una fragilidad institucional enorme que hace que sea más difícil todavía.
-Hablamos de ONGs, de empresas sociales, mencionamos el Estado y cierta responsabilidad, pero hay algo que son las empresas y están los que a mí me gusta llamar ‘empresaurios’. Si tenés que resumirlo en pocas palabras, ¿cuál es el siguiente paso de una empresa que quiere empezar a tener una actitud un tanto más proactiva en pos del futuro de, por ejemplo, el Tandil 2050? ¿Qué es lo que puede hacer o cuál se sería el impacto?
-La empresa está formada por personas y creo que todas las personas, en general, estamos en un proceso de transicionar hacia mejores formas o hacia ser más coherentes. Creo que hay una búsqueda de coherencia interna que tiene que empezar por seres humanos en su metro cuadrado antes de pasar a la institución, porque una empresa o un ente puede querer desarrollar una estrategia de impacto, una estrategia de sustentabilidad, pero si las personas no están convencidas de eso, van a tratar de llevarlo constantemente a si conviene económicamente o no. Para mí las empresas son un actor fundamental, sobre todo en Argentina, donde tenemos un tejido empresarial tan grande y tan robusto. Y en Tandil, donde tenemos muchísimas empresas. Hay una frase que me encanta, de una colega que se llama Renée Carrelo, que en un encuentro de ecosistema dijo: ‘Hay que unir lo correcto con lo conveniente’. Creo que tiene que ver con eso. Primero, empezar a ser coherentes con qué le vamos a dejar a nuestras próximas generaciones. Los recursos que tenemos no son infinitos y en algún momento se van a acabar; ya se están acabando. Hay límites planetarios; si uno los estudia, ya estamos como en el rojo más bordó, casi. Entonces tenemos que empezar a observar que hay que hacer las cosas de manera distinta y que no siempre todo nos va a solo convenir económicamente ni vamos a seguir ganando todo ese dinero posible haciendo lo mismo, siendo sustentable. Hay cambios que hay que hacer, hay conversaciones incómodas que hay que tener, hay que animarse a hacerse preguntas difíciles, sin respuesta, bajar un poco los egos de decir: ‘yo ya sé cómo se hacen las cosas. Y las cosas se hacen así para siempre’, a observar qué impacto tiene. Miremos en la sociedad, en el ambiente, ¿qué está generando?, empecemos a cuestionarnos, a medir. Para mí es clave empezar por ahí, hacernos preguntas difíciles para ver hacia dónde vamos. Y esa es la segunda pregunta difícil: Hacia dónde queremos ir, qué Tandil 2050 queremos. Porque podemos soñar todo lo que sea, pero si después no nos hacemos esas preguntas incómodas internas que hagan que se modifiquen la forma y los criterios con los que se toman decisiones, las cosas van a quedar parecidas con algún poco de maquillaje.
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-Me la dejaste picando; ahora vamos a ver ese Tandil de 2050. ¿Qué ves ahí?
-Para mí este Tandil 2050 tiene un espacio para proteger la naturaleza con modelos organizacionales detrás que permitan que eso suceda. Te voy a dar un ejemplo. En el Reino Unido existe una organización que se llama National Trust, que tiene el slogan: ‘Es por siempre, para todos y para siempre. Espacios naturales y culturales’. Como por ejemplo las sierras. Ayer salí a caminar a sierras y veía el avance de las casas y surgió un debate muy interesante por historias de Instagram. Yo veía a futuro que quizás esas sierras están protegidas por una organización que no tiene un fin de lucro, sino que busca el bien común y son espacios abiertos y cuidados. Para mí ese Tandil tiene que proteger esos espacios y tener un marco en el que estén protegidos, que no quede ligado al azar. Para mí ese futuro tiene una buena educación para todos, no solamente para quienes pueden pagarla, sino que trabaja incluso en modelos descruzados de subsidio para que quienes más posibilidades tienen, ayuden a financiar a quienes menos posibilidades tienen. Veo que las ONGs quizás empiezan a reconvertirse para resolver problemas de forma más sostenible en el tiempo, no solo con el recurso que consiguen donado, sino que logran reconvertir sus modelos organizacionales. Y veo las empresas con criterios de sostenibilidad ya medidos, reportados, que integran en su cadena de valor, a través de las compras, a otras empresas sociales. Para mí 2050 parece auspicioso para más personas, y tiene que dar mucha articulación entre todos los sectores.
-Ya podés sacarte el casco. De lo que viste, ¿te gustó ese Tandil?
-Me gustó. Me parece desafiante.
-¿Complicado cumplirlo?
-Me parece desafiante si no actuamos rápido y en serio. Pero me parece que tenemos todas las herramientas y todos los recursos disponibles para lograr una visión de Tandil 2050 en donde realmente prioricemos a las personas y al planeta, no solo para generar más ganancia económica.
-¿Qué es lo que más te preocupa?
-Te diría que la desigualdad. La brecha social que tenemos es abismal y me parece que hay varias cosas que están sucediendo en simultáneo y que tenemos que empezar a ver cómo abordamos. Yo también doy clases en la Universidad Austral: Enseñamos a crear marcas con impacto a alumnos de Marketing Management. La mitad de mis alumnos –son 40 en total- dijo que lo que más le preocupaba era lo rápido que estaba avanzando la tecnología y que la inteligencia artificial iba a hacer que, cuando ellos se graduaran, ya no tuvieran trabajos. Quienes tienen oportunidades de estudiar están viendo un futuro sin esperanza. Ahí hay un montón de jóvenes con privilegios –es una universidad privada- que no tienen ningún tipo de problemas económicos pero que no ven perfectiva de futuro. Y vemos un montón de jóvenes que vienen de contextos sin privilegios para quienes el futuro se ve cada vez más difícil. Entonces, ¿cómo hacemos para que estos dos grupos jóvenes empiecen a crecer con esperanza? Creo que ahí hay algo muy grande sobre lo que tenemos que trabajar y que no dimensionamos lo grande que es la preocupación que hoy tienen esos grupos.
-En línea con eso, y también un poco por mi accionar desde el sector privado, ¿crees que las empresas tradicionales deben mutar al concepto de triple impacto?
-Creo que cada una de las organizaciones y empresas deben encontrar qué etiqueta les hace más sentido. Desde Ekhos, por ejemplo, ahora estamos capacitando a un grupo de 20 empresas de México en compras con impacto. ¿Qué es eso? Es utilizar como catalizador de impacto al área de Compras, integrar en la cadena de valor de las empresas -no en la compra de fin de año que es esporádica, sino en la cadena de valor actual- a empresas sociales y empresas de impacto. Lo mínimo que podés hacer es empezar a cuestionar y dedicar algún porcentaje de ese excedente a acciones que le hagan sentido a la empresa, porque si no le hacen sentido es lo primero que recortan. En un pasito más. Veo empresas que trabajan con su área de Compras para generar compras con impacto y que integran directamente a estos proveedores. Pero no es solamente buscar en Mercado Libre, sino que es decir: ‘En El Eco vamos a buscar insumos que estén producidos por una empresa que tenga un impacto, que yo lo pueda medir’. No solo los vamos a llamar; vamos a acompañarlos para que puedan ser proveedores nuestros y después los vamos a integrar. Mientras más crece esa empresa, más impacto generamos los dos porque yo crezco como empresa, y ellos también. Entonces sí, creo que es bueno para las empresas medir cuáles son esos criterios de triple impacto, auditarlos, certificarse y, si lo llevamos a un paso más, quizás algunas se animen a convertirse en empresa social, que tenemos algunos casos en el mundo que lo han logrado.
-¿Vos crees que Tandil está preparado para eso?
-Me gustaría decir que sí porque soy optimista. Me parece que falta mucha más conciencia, educación y visibilizar, que es en esto siempre le voy a agradecer a El Eco porque desde que viniste con aquella idea de cómo hacemos para que esto llegue a más, hicimos la sección de empresas con impacto. Eso es fundamental como rol del ecosistema que tienen los medios, pero creo que falta mucha más visibilidad y mucha más voluntad por ver qué hay. A veces siento que Tandil o las organizaciones y personas que conozco están muy en ‘esto se hace así’ y hasta ahí. Me parece que si encendemos un poco más el avispero para que genere curiosidad, vamos a estar más preparados.
-Hasta el 2050 tenemos tiempo, ¿no?
-Tenemos unos años, por lo menos lo vamos a intentar.
-¿Hay algo de lo cual te sientas orgullosa de haber hecho? ¿Qué sentís que le aportaste al ecosistema?
-El logo que tenemos en Ekhos son muchos circulitos con muchos palitos, como muchos nodos. Y yo me veo como una conectora por naturaleza. Lo que me dicen las personas que interactúan conmigo es que yo lo que hago es mostrar que hay posibilidades, que en otros países, que en Argentina, que en otras ciudades, que en nuestra ciudad, que existe, que se puede, que hay formas, que hay modelos, que hay marcos. Y si me decís qué es lo que más orgullosa me hace sentir, te cuento que la semana pasada tuve que ir al jardín de mi hijo a leer un libro. Él eligió el libro “Las aventuras de Illaku”, que es de dos amigos nuestros, un amigo colombiano y una amiga española que están casados, tienen hijos y viajaron por el mundo conociendo proyectos de empresas sociales y escribieron libros infantiles sobre los proyectos que han conocido. Él eligió Illaku; lo fuimos a leer al jardín y les regalamos unos muñequitos. Illaku es el espíritu del agua que le enseña a las personas a conectar a recordarles su conexión con la naturaleza y que cuenta proyectos reales hermosos. Y cuando volvimos a casa mi hijo se puso a armar algo con cositas de madera y me dice: ‘Mira, mami, armé una empresa social’. Cuando me dijo eso, pensé: ‘Listo, mi misión está cumplida’.
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-¿Y qué te gustaría dejarle a Tandil como legado?
-Si lo tengo que visualizar, para mí es como abrir la puerta a ese ecosistema, a mostrar que hay otras maneras de hacer las cosas, a poder conectar con otras personas, con otros proyectos. Yo veo un problema y me sale un cuadro sinóptico de flechas, con proyectos, personas que conozco que están resolviendo ese mismo problema de una forma muy eficiente y, en casi todos los casos, termina siendo una empresa social. Eso es lo que yo puedo aportar: Un montón de flechas y muchos cuadros sinópticos de cómo podemos hacer para que nuestros problemas como ciudadanos, como empresarios, como personas en educación, trabajando con chicos en contextos más vulnerables, puedan encontrar un par o alguien que les diga: ‘Sí, lo que estás viendo puede funcionar y así lo hicieron otros. Entonces podemos aprender juntos cómo hacerlo’.
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